TALLER DE CREACIÓN LITERARIA DE PINA DE EBRO pinaescribe@gmail.com |
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Se muestran los artículos pertenecientes a Enero de 2009.
Para que conozcais algo de nuestro próximo profesor del taller os posteo lo que he encontrado en la wikipedia- José Manuel José Ramón Giménez Corbatón (Zaragoza, 1952) es un novelista y profesor español. Hijo de una familia de Ladruñán (Teruel), pasó toda su infancia en Zaragoza, ciudad que le vio crecer, en la zona del actual distrito de la Almozara, pero sin dejar de lado los parajes de Gúdar. Este contacto con la postguerra turolense hizo que las masadas se convirtieran en una constante en su obra literaria. Licenciado en filología francesa por la Universidad de Zaragoza; dedicó su tesina doctoral en 1980 a Petrus Borel (1809-1859). Fue profesor de castellano en Bayona (Francia) en 1976/77, y también en la Universidad de Poitiers hasta 1980. En 1982 su relato Ave de Presa obtuvo un accésit en el Concurso Ciudad de Zaragoza (convocado por el Ayuntamiento de Zaragoza). Continuó como profesor en un centro de enseñanza cerca de El Vendrell (Tarragona) desde 1981 hasta 2001, para luego trabajar de profesor de historia y literatura en el Instituto de Educación Secundaria Élaios, en la ciudad de Zaragoza. Ha escrito los libros El fragor del agua (1993), Tampoco esta vez dirán nada (1997), La fábrica de huesos (1999), El hongo de Durero (2001) yLicantropía. Itinerario de una novela (2008). Participó en los volúmenes colectivos Nuevas aventuras de Simbad el marino (1996), Homenaje a Casanova (1998) y Los hijos del Cierzo: Escritores aragoneses de hoy (1998). Ha colaborado con el fotógrafo Pedro Pérez Esteban en varias ocasiones en los libros Cambriles (en colaboración con el Gobierno de Aragón a través del programa "Amarga Memoria"), Masada Signos o Un viaje por la sierra de Gúdar. También publicó cuentos en las revistas Rolde, Laberintos, La expedición, Viento Sur, Trébede, La Duda, La Magia de Aragón y Turia. Tiene publicados artículos y críticas literarias en Artes & Letras, sección del periódico Heraldo de Aragón y en el Diario de Teruel; además sigue colaborando con la revista Quimera. Algunas de sus colaboraciones más relevantes son No se fusila en domingo, Triste, No se lo leas nunca, por favor, Orgasmo,Una mariposa de acero, Crespol: Mito y ausencia o Sin fecha de caducidad. Hizo un breve debut como poeta con Diecinueve poemas en Riff-Raff: Revista de Pensamiento y Cultura. Entre otros trabajos, también ha traducido literatura francesa del siglo XIX a nuestro idioma: Aragón visto por un francés durante la I Guerra Carlista (de Gustave d’Alaux) en 1985, Tres textos de Petrus Borel en 1986, El obrero español (Aragón) (de Jacques Valdour) en 1988,Pirineístas franceses en el año 2000, y El crimen de los padres (de Michel del Castillo) en 2005; por la cual, ésta última, fue seleccionado para el Premio Nacional de Traducción 2006. Sus libros se encuentran dentro de la red de bibliotecas del Instituto Cervantes. Se le atribuye haber encontrado el testimonio del último superviviente de la sociedad secreta La Cueva (originaria de la Guerra Civil española). El CEMAT (Centro de Estudios del Maestrazgo Turolense) lo incluyó dentro del libro Mases y masoveros (2005) con el artículo El más, ámbito y objeto de la narración literaria. Como escritor y profesor, ha participado en distintos programas de apoyo, como el Programa de Invitación a la Lectura del Departamento de Educación y Ciencia del Gobierno de Aragón (1994/95), por el que han pasado escritores como Arturo Pérez-Reverte, José Saramago o Rosa Regàs. Mañana (Cuento) Por Julia Gallego Pérez Era aquel un pueblo olvidado formado por una calle de piedras, unas cuantas casas esparcidas y un destartalado apeadero. Y allí, en un viejo banco de madera, frente a los raíles oxidados de una vía férrea, se sentaba la niña Margarita. Y, cada tarde, justo antes de las cuatro, Margarita le hacía a su madre la misma pregunta: - Madre. ¿Cuándo seré mayor? -Mañana, hija, mañana- respondía la madre. Después, Margarita descendía los dos tramos de escaleras y salía por la puerta que daba a la calle de piedras. El apeadero estaba a sólo cinco minutos de allí. Margarita recorría el primer tramo con paso tranquilo y cuando llegaba a los últimos metros corría como alma que lleva el diablo. Luego se dirigía inquieta hacia el banco y se sentaba. Margarita miraba la hierba que crecía junto a las traviesas, luego a los postes, donde sobre la punta había algunos gorriones. A medida que llegaba a los últimos momentos, su frente comenzaba a gotear. Entonces Margarita se limpiaba cuidadosamente el agua con un pañuelo de papel y lo dejaba caer fuera, sobre el borde resquebrajado del banco. Comprobaba su pulso, primero en su cuello, luego en su muñeca. El corazón le latía como un caballo desbocado. Era la señal. Y Margarita cambiaba de postura. Un momento después, el tren aparecía y emitía profundos y sonoros pitidos que tenían que ser de complacencia. Hacía una interpretación similar de un padre que llama a su hija que está al otro lado, en la acera de enfrente. -¡Oh, Dios mío! ¡Dios mío!- exclamaba, en ese momento, echando a correr hacia él. -¡Soy yo! ¡Margarita! Luego hacía una pausa, alzaba la mano meciéndola de un lado para otro y clavaba sus ojos oscuros y penetrantes en la retahíla de ventanillas que se descubría ante ella. Y aquellas personas, la mayoría adultas, pasaban frente a ella y le ofrecían una vista perfecta de la vitalidad. Y aunque no podía ver su expresión ni podía escuchar nada de lo que decían, ella deseaba profundamente estar allí dentro con ellas, en lugar de aquí afuera, cansada. Después, cuando la última coletilla del tren se perdía en la curva, Margarita alargaba las manos y cerraba los ojos. Palpaba las formas, las caras, las vibraciones que todavía permanecían aferradas al aire. Y el pensamiento de haberlas perdido le hacía daño. Cuando abría los ojos, todo había cambiado. Era hora de volver a casa. La llegada a casa significaba la llegada al reposo, a las píldoras, a los silencios. Era muy extraño, desde que volviera del hospital la niña Margarita fue muy precisa y definida en sus expectativas. Ya no quería ser maestra de escuela ni una estrella famosa, como antes, no, ahora Margarita solo quería ser mayor. Todos se preguntaban qué había ocurrido. Solo su madre sabía. Pero la furia, el dolor y la frustración que la embargaban le impedían hablar con claridad. "Faltan palabras a la lengua para los sentimientos del alma" (Fray Luis de León) |