Blogia
TALLER DE CREACIÓN LITERARIA DE PINA DE EBRO pinaescribe@gmail.com

Mis sueños y yo Julia Gallego

 

No era alto, ni guapo, ni tenía los ojos verdes cuando le conocí. Mis sueños y yo, nada que ver con aquel tipo rechoncho, de nariz grande y prominente y con los ojos tan saltones como el sapo del primer cuento que leí. Pero, tal vez, ésta primera apreciación mía no sea del todo cierta, tal vez todo se debiera a mi reciente operación de corrección de miopía que, por aquel entonces, me habían practicado en una clínica de reciente inauguración: la clínica Leoninas. ¿Qué por qué había supuesto, o pensado o váyase usted a saber, que algo tenía que ver mi operación con todo esto? La verdad es, que no me fue nada fácil dar con el meollo de la cuestión. Me explico: desde hace cierto tiempo, para se más exacta en lo que se refiere a ¿cuanto?, diré que, desde que comencé a padecer un fatal y pertinaz insomnio, a causa de mi ruptura con mi anterior pareja, un tipo alto, guapo, y con los ojos tan verdes como el trigo antes de su maduración, antes de su cambio a un tono más preciado: el dorado. Así, y desde la primera noche en que mis párpados cerraron filas, negándose una tras otra, y otra vez a cerrarse, comencé a practicar un excitante y extraño juego. Al principio, quise valerme de un viejo diccionario de mis primeros años de joven estudiante de EGB, el diccionario de Rancés, de la editorial Ramón Sopena. La fecha exacta de su primera o segunda o, tal vez, tercera edición; ni la ciudad donde estaba ubicada la editorial, a más que más, del diseño de la cubierta, amén de todos los prolegómenos común a todos los libros, no puedo precisarla, pues, intuyo que, en el mismo instante del despegue de la portada y la contraportada del texto, hacia quién sabe qué lugar más recóndito y polvoriento de la librería, esa segunda o tercera hoja en la que se exponen al lector esos datos, decidieron hacer lo mismo dejando al resto de las hojas en una desnudez impresentable para el resto de los mortales. Pero bueno, querido lector, a lo que iba. ¡Sí! ¡Sí! ¿No lo recuerda? Volvamos al tema del juego al que hago referencia unas líneas más arriba, en la página anterior. ¡Aja...! ¡Ahí...! En lo de Excitante y extraño juego...Y sigo: Comencé a zambullirme por el nombre de la clínica: Leoninas. Al ver la brevedad de su significado, comprendí que los tiempos cambian para todos, incluso para los libros. Pero como aquella noche, parecía que yo estaba en plan filosófico, pensé que, tal vez en aquellos tiempos de escasez y sueldos miserables, muchos académicos habrían decidido comerse las palabras.. Tras un largo y estridente bostezo, la nostalgia, me hizo, de nuevo, pasar, con rapidez, sus páginas. Instantes después, lo abandoné, definitivamente, sobre la mesilla y apagué la luz. Al cabo de quince minutos, más o menos, me levanté de la cama, y a tientas, sin encender la lamparita azul de macramé, para no despertar al que roncaba tan rítmicamente, y tras tropezar, varias veces, contra unas zapatillas de deporte y unas botas de cuero, me alejé del dormitorio. Así, con el dedo gordo del pie izquierdo dolorido, y el meñique del derecho hecho unos zorros, me encontré sentada frente al ordenador, bajo la escalera que conduce a la buhardilla.

Después de vacilantes trac trac, ram ram, y pif pif, aparecieron sobre la pantalla, con un ritmo vertiginoso, y parpadeando: exageradas, desmedidas, excesivas, exorbitantes, inmoderadas, injustas, arbitrarias, abusivas: leoninas.

-¡Por fin!- dije, para mis adentros.

-¿Así que fui injusta y exagerada, amén de, arbitraria, abusiva, exorbitante, inmoderada y mala con él, por culpa del nombrecito de la clínica?- me pregunté.

Y volví a la carga: diabólica, infernal, maldita, maléfica, virulenta, extremista, y rematada: mala.

-¡Vaya! ¡Vaya! A menudo psicoanálisis freudiano me estoy sometiendo yo misma- grito, esta vez.

A mi espalda, alguien susurra mi nombre. Viene corriendo y me mira frenéticamente. Está excitadísimo.

-Me has asustado- le digo-. Creí que dormías.

En ese momento empieza a mover levemente su cuerpo relajado y húmedo. Y, esta vez, desde los profundos rincones de mi cuerpo, deseo abrazarme, acariciarle con mis dedos los ojos, la nariz; su nariz grande y prominente.

0 comentarios