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TALLER DE CREACIÓN LITERARIA DE PINA DE EBRO pinaescribe@gmail.com

ELISA 1º Premio de relatos

                                                         ELISA

 

 

Elisa era especial y ella lo sabía, había caminado entre la muerte desde que era una niña. Desde aquél día en que la miró a los ojos, en su propia casa,

cuando esta se iba  llevándose lo que más quería. Sintió helarse la sangre en sus venas, cuando la muerte pasó a su lado. Un escalofrío recorrió  la piel de todo su cuerpo.  Pero Elisa, criatura inocente, no entendió quién era la muerte, ni sospechó que nunca devolvía lo que se llevaba. Y esta vez se había llevado a su padre. Desolada se sentó en la vieja escalera de piedra hasta la noche. Su vecina, una solterona arrugada y nariguda la cogió de la mano,  la apretó muy fuerte, y en silencio, se la llevó a su casa. Sintió esa noche una tristeza en su ser como nunca antes; no durmió ni comió en dos días, hasta que  su casa se quedó vacía, y el silencio invadió cada rincón , y cada ser que allí vivía. Pasó un tiempo sin que volviera a soñar, incluso pensó que la muerte se había llevado sus sueños para siempre. El color negro invadió su casa, sus ropas y atrapó la alegría entre sus sombras. Cerró las bocas a toda risa, mutiló las manos que daban caricias, y llenó los corazones con el gélido invierno.

Un tiempo después, mientras jugaba en el jardín con su mejor amigo, al lado de la casa de este, Elisa la volvió a ver. La muerte estaba apoyada en una esquina del balcón, como si estuviera esperando. Elisa se asustó, subió las escaleras de la casa y corrió a la alcoba donde estaba acostada muy enferma, la madre de su amigo. Sintió miedo, y tristeza, tanta que no podía hablar. Salió por la puerta de la cocina y sin despedirse se fue a su casa. De madrugada su madre la despertó para contarle que la madre de su mejor amigo había muerto. Pero Elisa ya lo sabía, sabía que aquella era quién se había llevado a su padre. Por eso dormía encogida y helada…pero no dijo nada. El día siguiente se lo pasó sentada en su escalera de piedra, abrazada a su muñeca de trapo con la mira_

 da perdida.

La muerte se llevó también al bebé de Marisa, a los pocos días de nacer. Su pequeño ataúd blanco. Las flores,  invadiendo cada rincón de la casa, llenando el espacio de un aroma  denso. La estrecha repisa de la tumba dónde lo deja-

ron. Todo ello se quedó grabado en su mente con dolor.

Cuando su abuelo enfermó, Elisa se sentó a su lado. Mirando de vez en cuando hacia la escalera, inquieta. La descubrió acercándose  hasta la puerta. Se levantó y se puso en medio de la habitación. –Esta vez no te lo llevas. –Dijo Elisa. -Ahora no.  - ¡Vete!

Miró a su abuelo un instante y luego a la muerte, pero esta se estaba alejando   por la escalera. El abuelo mejoró, e incluso volvió a sentarse en su silla para tomar el sol. Pero ella sabía que eso no significaba una victoria, tan sólo era un aplazamiento. La muerte volvería como siempre.

De mirada triste y corazón alegre, Elisa intentaba ser una niña como las demás. Jugando cada tarde con sus amigos, olvidaba entre risas sus encuentros. Guardaba su secreto celosamente, y nunca nadie, ni Fina, su mejor amiga, sospechaba nada de ella. Sin embargo el dolor asomaba a sus ojos a menudo, y buscaba la soledad para llorar, sin entender. En uno de esos días en que la lluvia se derrama pesadamente sobre los campos, Elisa pensó que ya estaba cansada de visitar cementerios, de contemplar llantos y separaciones. Cansada de ver a la muerte pasando a su lado sin poder hacer nada, dejando desolación en cada hogar. Y siguió pensando que no quería continuar así y que la mejor manera de acabar era: siendo su próxima presa.

La idea surgió furtiva, casi inapreciable, pero fue tomando forma con el paso de los días. La almohada daba forma a la manera de poner un punto final. Sólo restaba un último encuentro, y curiosamente, empezó a sentir un asomo de alegría que invadía su cuerpo, una paz ansiada por tanto tiempo  que le parecía irreal, anómalo sentirla. Y tomó la decisión.

Tenía doce años, no eran muchos, pero le parecían demasiados para haber visto a la muerte tantas veces cerca.

Una tarde gris, se encaminó a la laguna, situada a las afueras del pueblo. No le gustaba ir allí, pues muchos usaban los alrededores para tirar escombros y basura. Hacía un poco de frío y las hojas de los árboles sonaban con el viento. Miró a su alrededor, no había nadie. Se quitó las zapatillas, y las dejó juntas al lado de una piedra grande, y caminó descalza hasta el agua. Sintió frío cuando sus pies se mojaron, y se paró un instante hasta acostumbrarse a la temperatura. Luego siguió andando, hasta que el agua le cubrió las rodillas, la cintura, el pecho…hasta que se hundió. No intentó nadar, aguantó la respiración y cerró los ojos. Entonces, algo le agarró la mano, sobresaltada abrió los ojos, y allí estaba, pálida e inexpresiva. La muerte estaba enfrente, mirándola. Esta se acercó a su rostro y le dijo: - Elisa, no es tu momento, vive, olvida, sueña, ya nos encontraremos…

Cuando Elisa abrió los ojos de nuevo, el cielo azul fue lo primero que miró. Se incorporó despacio, estaba acostada en el suelo empapada, temblando. No sabía cómo había llegado hasta allí, miró a su alrededor asustada, pero no pudo ver a nadie. Miró hacía el agua, estaba tranquila, pero un escalofrío recorrió su cuerpo al recordar. Se incorporó, se calzó  las zapatillas y caminó despacio  en dirección a su casa. Una frase acudía insistentemente a su mente: no es tu momento, no es tu momento…

    

 

                                                    FIN

                                                                                                     Arrate Gallego

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