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TRESCIENTOS DÍAS DE SOL de Ismael Grasa

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Éste es el blog donde podéis conocer el último libro de Ismael Grasa publicado por la editorial aragonesa Xordica. Y esto es lo que dice nuestro último profesor, Daniel Gascón, del libro de nuestro recién publicado profesor anterior.

Trescientos días de sol es el último libro de Ismael Grasa (Huesca, 1968). Cuenta doce historias inquietantes, protagonizadas por personajes que se encuentran en una situación provisional, y en las que el delito es una presencia constante: a veces una amenaza o un incordio, en ocasiones un deseo sin mucho fundamento: a un profesor le roban un móvil en una excursión, un afilador amenaza a su cliente con el cuchillo que acaba de arreglar, unas payasas que animan comuniones roban en las casas en las que actúan.

Trescientos días de sol es un libro estupendo sobre personajes en proceso de reajuste, que asisten a bodas y a entierros y a repartos de herencias sin participar del todo (a menudo se quedan fumando a un lado), y que entienden a medias lo que les pasa. Muchos de ellos tienen trabajos temporales o quieren cambiar de vida, y se niegan a que los clasifiquen. También tienen un talento especial para meter la pata, como el inspector Clouseau o los protagonistas de Seinfeld: uno de ellos le dice a una masajista que ha ido allí a recibir placer. En estos relatos, que la realidad parece imitar (“Un sarrio” hace pensar en el terrible crimen de Fago, y en “No me gustan los psicólogos” el protagonista lleva una navaja por si acaso), puede haber un estallido de violencia inesperada.

Trescientos días de sol también está lleno de un humor salvaje, que a veces te asalta cuando menos te lo esperas y que demuestra un extraordinario sentido del tiempo. En “Algo provisional”, uno de los mejores relatos del libro, el protagonista posibilita que su hermanastro sea violado: “Los intentos de Rubén por defenderse se volvieron en su contra, aprendió que en un juicio de pederastia con violación probada es mejor no empezar frases del tipo ‘¿Qué hay de malo en?’”.

Ismael Grasa sabe que algunos detalles (la marca de un hombre en un sofá, una mesa en la que falta una servilleta) o una frase extraña pueden contar una vida entera: “Estábamos ahí, rodeados de esos disfraces de osos, de novias medievales, de hadas madrinas, de todos esos zapatos enormes de payaso”. Sus cuentos dan pocas explicaciones y son mucho más cerrados de lo que parece: son pequeñas películas, que ofrecen una mirada muy contemporánea y desprovista de clichés sobre las ciudades y sus piscinas, los recreativos, o sobre las despedidas y los cementerios de los pueblos. Trescientos días de sol posee una precisión formal que casi no se nota, un mecanismo de relojería que describe algo inestable, maravilloso y turbulento: un puñado de seres humanos.

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