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Se muestran los artículos pertenecientes a Enero de 2008.
Regreso a casa tarde y malhumorada. Lo que debería haber sido un rato divertido, tomando un café en la pastelería ha terminado en discusión. Y me duele, porque la amistad de Olga es muy preciada para mí, pero esta vez no tenía razón. El hecho de ser policia no la convierte en infalible, aunque le sobre experiencia. ¡Los padres tienen la culpa de todo!, sentencia siempre que un niño desaparece. Y puede que a veces sea cierto, pero hay más cosas. Los niños hacen tonterías, lo sé, y lo sé porque yo las hice. Y se lo conté, le conté mi secreto: Yo me subí al coche de un desconocido. Yo y David, el chico de pelo rizado que vivía en la casa de al lado. Si llegábamos tarde a la Iglesia el cura nos tiraría de las orejas, y nos pareció el mejor modo de evitarlo. Aún puedo recordar el miedo dentro del coche, ante la idea de que no se detuviera frente a la Iglesia, y se nos llevará lejos, dónde los niños no regresan...Olga se empeñaba en argumentar contra mis padres.¡Vamos Olga, no voy a culpar a mis padres de mi estupidez! ¿No lo entiendes? Algunos tenemos momentos de estupidez. Arrate Pepe siempre se quejaba de todo, que si la economía iba mal, que si estaba harto de su trabajo. Todos los días acudía a la oficina molesto por algo. Pero sin duda, el peor día era el lunes. Y no era sólo por lo de madrugar, porque se acabó el fin de semana...no, era porque había tenido que estar más tiempo con su mujer, quién según él, no le dirigia la palabra. Además de poner en contra suya a los hijos de ambos, todo para fastidiarle. ¡Me siento impotente! Solía decir de vez en cuando. ¡Vamos hombre! mañana lo verás todo de otra manera, le solíamos contestar entre risas mal disimuladas. Su queja cansina nos fué alejando gradualmente de él. Lo observaba a través de los cristales que hacían de pared, como se hundía poco a poco. Sus hombros se desplomaron y se fué encogiendo, como si quisiera desaparecer. Su supuesta impotencia se adueño de él. Esta mañana me he enterado que se ha muerto. Cuentan que ha cruzado la calle y se ha puesto delante de un autobús gritando: ¡Soy impotente! ¡Soy impotente! Mientras el autobus lo arrollaba. A él y a otro transeunte que intentó salvarlo del atropello. Hoy se han desplomado mis hombros y me he sentido impotente. Arrate Gallego NOTICIA ____ Ana María Rocañín Erase una vez que la hermanastra de Cenicienta se casó con el príncipe porque ella no llegó al baile al pincharse con el uso de una rueca. La bella durmiente que se comió la manzana envenenada por la madrastra de Blancanieves. Los siete enanitos que se fueron a buscar a Simba más allá de las tierras oscuras. Timón y Pumba que se apuntaron a una fiesta que celebraba Srek en su ciénaga. El burro de éste que se marchó con Pinocho al País de los Juegos para subirse a la montaña rusa tantas veces como quisiera sin temor a que le crecieran las orejas y el rabo. Gepetto que se volvió a vivir a la barriga de la ballena para ver si conocía a La Sirenita. La malvada Úrsula que perseguía al padre de Nemo para que no pudiese llegar hasta Sidney para encontrarlo. La despistada de Dori que acabó siendo el siguiente regalo de cumpleaños de Andy y con la que Budy y sus amigos, los juguetes, se divertían muchísimo. Mister Potato que al fin pudo encontrar a la señora Potato y se fueron a vivir al bosque donde Tod y Toby jugaban con los tres cerditos. El lobo, que al ir a meterse por la chimenea se quedó paralizado viendo como una dama con sombrero y bolso le pasó rozando volando con un paraguas. Y Mary Poppins, que desde el cielo, vió como en el barco de los piratas del Caribe viajaba Pocahontas rumbo a un país donde un príncipe iba a celebrar un baile para encontrar a la princesa de sus sueños y casarse con ella. Y colorín colorado… cuando la huelga de guionistas termine, espero que todo esto se haya arreglado. SENTIMIENTO______Ana María Rocañín Puso los arreos al caballo y le enganchó el carro. Estaban en plena guerra civil pero él continuaba como podía haciendo las tareas del campo. Salió de casa entre dos luces y se subió al remolque. Se embolicó con la manta de cuadros en tonos marrones oscuros, se acomodó el sombrero de paja y comenzó la marcha. En las silenciosas calles, solo se escuchaba el ruido de los cascos del animal chocando contra los adoquines. El pueblo empezó a quedarse atrás y comenzó a subir la cuesta que llevaba al puente de las carretas. Le paralizó el ruido de unos disparos que de pronto se oyeron aparentemente cerca. Paró al animal y bajó del carro. Sigiloso, subió la cuesta y se agazapó tras unas soseras que se amontonaban y le sirvieron de parapeto. Desde allí se veía perfectamente la puerta de entrada al cementerio. Varios soldados y hombres vestidos de paisano se movían y arrastraban cuerpos al interior del camposanto sujetándolos por las axilas. Entre ellos, con la luz del día que ya venía pudo distinguir inconfundible la figura de Esteban “el largo”. Descendió con mucho cuidado y con el cuerpo tembloroso y lleno de miedo dio la vuelta al carro y se volvió a casa. Su mujer extrañada por la repentina vuelta, preparó un café de achicoria para compartir el secreto. Por la tarde se corrió que un grupo de militares extranjeros habían fusilado a varios de un pueblo cercano en el cementerio. Esa imagen le vendría siempre a la mente cada vez que inevitablemente se lo cruzaba por el pueblo y se la tuvo que tragar con la más amarga de las iras por el miedo a hablar que aún les siguió persiguiendo muchos años después de acabar aquella guerra. UN SUEÑO: Sobre el camino Por Julia Gallego Pérez Oscurecía en mi sueño. Lentamente, como flotando, a ras del suelo, comencé a vagar. Mi propio cuerpo me parecía más ligero, casi sin peso. Seguí avanzando hacia las sombras. La humedad andaba por mis pies. Por mis ojos desfilaban lívidos y estáticos rostros de personas que, sin mediar palabra, desaparecían entre suspiros. Ahora, con aquella compaña de seres misteriosos, y con el corazón latiéndome aún aceleradamente, estaba desorientada. Era como estancarse en medio de un torrente, nadando a tientas como un perro ciego y cansado. Y, de pronto, le vislumbré sobre el camino: tenía forma de claridad, parecía un destello que, de pronto, ha adquirido normalidad de padre. -¿Qué haces aquí, papá?- articulé. -Vine hasta aquí- me dijo. -¿Para qué?- le pregunté yo. -Vine a buscar a mamá. La estoy esperando- me dijo-. La estoy esperando desde hace mucho tiempo. Ella se encargará de mí. Ocúpate tú de ir allá y ver qué cosas se hacen. Eso es lo que importa. Y él hizo un gesto significativo con la mano, y guardó silencio convencido de que yo le había comprendido. A sus pies resecos, bajo la túnica ancha deshilachada, se arrastraba una silueta de mujer. La vi parada frente a él, mirándole. Después, todo desapareció entre un gran estruendo. Del otro lado llegó el primer ruido de la calle. Y, escuché, el soplo de mi marido ahí a mi lado. -¿Qué es eso?- me dijo. -¿Qué es qué?- le pregunté. -Eso, el ruido ese. -Es el vecino. Descansa, aunque sea un poco, que ya va a sonar el despertador. Una semana después de éste sueño, mi madre sufrió una caída en el baño rompiéndose una pierna. Quince días más tarde, murió. Mi padre, ya hacía diecisiete años que estaba enterrado. SENTIMIENTOS: Julia Gallego Pérez La última visita Lo vio sentado, a la puerta del camposanto, acurrucado y con los ojos entrecerrados. Estaba tiritando. Víctor examinó los alrededores, y detuvo el coche junto a él. -Vámonos- le dijo, por toda presentación. Perico alzó la vista, se levanto, y se introdujo, torpemente, en el vehículo. Víctor vio que una gran cicatriz cruzaba el lado izquierdo del rostro de aquel desconocido. Arrancó, turbado. ¿Y si fuese un delincuente?, se preguntaba. Instintivamente imprimió mayor velocidad al coche, mientras una sensación de vacío le agarrotaba el estómago. Durante varios minutos, le inundaron una oleada de sensaciones cambiantes pero, finalmente reflexionó: le notó visiblemente débil y decidió llevarle a alguna parte donde pudiera descansar y recibir cuidados. -Tranquilo, amigo- le dijo, esperando su reacción. Perico no respondió. Entreabrió ligeramente los ojos y esbozó una sonrisa agradecida. Aquella tarde de noviembre había sido especialmente fría. El cielo estaba cubierto de espesas nubes negruzcas que otorgaban al lugar un particular color de ceniza. El sinsabor casi se podía tocar en el aire. El recinto, de maciza construcción, desde afuera aparecía como un alcázar inquebrantable. Pero desde el interior de sus inmensas tapias a Perico le provocaba una infinita sensación de desaliento. No era la primera vez que estaba allí. Conocía de memoria todas las sepulturas de aquella parte del cementerio. Con los ojos cerrados era capaz de reconocerlas. Sabía los odios y las vilezas que albergaban aquellos hoyos revestidos con el oropel del granito. Prestó atención al gorjeo bullicioso de una bandada de tordos que desmenuzaba los últimos minutos de la tarde. Debían de estar tomando asiento en la espesura de los cipreses. Eran libres y no tenían conocimiento de su libertad. Había que estar desposeído de todo, para comprender lo que es la libertad. Se lió un cigarro. Se sorprendió a sí mismo imaginando a sus muertos en algún lugar confuso. Rememoró aquella madrugada que, de improviso, se presentaron en la casa. Ahora era la imagen de su madre implorando, besando las botas de aquellos infames que, a golpe de culata, se llevaban a cuatro de sus hombres, ante el llanto desesperado del quinto, un chiquillo que apenas levantaba unos palmos del suelo. Las ganas se apagaron. Entonces una mancha como de sangre envolvió su infancia, que siguió mascullando un poco más, aletargada, en la sombra del resentimiento. Perico tragó saliva. Le temblaban las piernas. Deseó lanzar un grito de rabia. Pero siguió avanzando. Se abrió paso entre la multitud agolpada de flores resecas instaladas en mitad del camino, y giró a la izquierda. Caminó por un corto tramo y se detuvo donde estaba el osario. Por un instante vio que su madre levantaba la vista y lo miraba: lo vio viejo, desamparado y enfermo. Perico se cubrió el rostro con las manos y lloró. Aquella iba a ser su última visita. UNA IMAGEN: Rastrear con nostalgia Julia Gallego Pérez Había sido un papel olvidado durante sesenta y tres años, y de pronto, en unos minutos, era la esencia, el objetivo de un trabajo escogido. Tenía amarillento el blanco del anverso y al desplegarlo contemplé, agobiada, las separaciones y los bordes. Lo puse boca abajo y, adherí, como pude, y con poca destreza, unos trozos de cel-lo. Después lo levanté, cuidadosamente, en el aire, y miré las palabras, los números, las fechas, y los timbres. Rastreé con nostalgia y sin precipitaciones. Bien pensado, no había prisa. Yo sabía como nadie la querencia de los recuerdos para atraer a los ausentes y dependía del estado de ánimo, de la intensidad del deseo, y del empeño. Por encima de las fechas añejas, de las cifras irrisorias, de los inconcebibles servicios, de los impuestos y timbres, del subsidio combatiente, y de los totales, entreví la apasionante luna de miel de dos jóvenes enamorados: Son las seis de la tarde cuando cruzan el pueblo. Es una jornada brillante, el día más hermoso de la primavera, pero además es el día de su boda. Marchan contentos, con el regusto aún de la comida y el baile que acaban de compartir con sus familiares y amigos, con la felicidad escrita en sus rostros. Van juntos, casi pegados. Ella, nerviosa, balancea una bolsa de tela repleta de comestibles que le puso su madre. Él con una vieja maleta de cartón marrón. En la estación toman el tren. En el tren casi nada. Si acaso, prácticamente imperceptible, un manoseo de nerviosismo y de fogosidad. A pesar de la noche y del cansancio, Barcelona les arranca una mirada de entusiasmo. -Ya estamos- dice él señalando la parada de taxis al otro lado de la calle. Entran en el hotel Espléndido con timidez, evitando las miradas inquisitivas, con la esperanza de fusionar sus cuerpos entre dulces palabras, amasijo de sábanas y almohadones. Solo cuando llegan al lecho, vuelvo la mirada y busco sus ojos. Y los encuentro fijos en el papel, entrecerrados protegiéndose del tiempo que pesa sobre ellos. |