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Se muestran los artículos pertenecientes a Junio de 2007.

05/06/2007

Tocata y fuga: un ejercicio de autores múltiples del taller de Daniel Gascón

Tocata y fuga

- Supongo que piensas que eso lo cambia todo - dijo.

- Pues claro que lo cambia. Si al menos hubiera sido con una desconocida... pero  no, tenía que ser con ella. ¿Qué quieres? ¿Qué siga saliendo con vosotros y acordándome toda la vida? Lo que más me jode es que me lo habían avisado tantas veces... y como una gilipollas no les había hecho caso iY no pongas esa cara de cordero "degollao"! iMe pones mala!

- Tú sí que me pones... bueno, ya sabes cómo me pongo cada vez que lo hacemos. Aunque no creas, no eres la que mejor me lo hace, ino!, ini mucho menos, tonta engreída! A ver si te enteras de una vez por todas de por qué me fui con otra.

- Pues ¿sabes qué te digo?, que, que... que te largues, que tengo a otros esperando. No te necesito.

- Ah, ¿no? ¿y cómo vas a pagar esta mierda de piso de 20 metros con tu sueldo mileurista?

- Compartiré piso con Bea o con Sergio...

- Ya o con tu madre.

- Pues seguro que ella no me traicionaría como tú.

- Lo que te pasa es que te gusta vivir bien a mi costa y viajar en mi Mercedes descapotable. Eres una aprovechada y una mierda seca  miserable. Y ¿qué te crees? ¿que no te veo cómo miras con ojillos al butanero?

Luego llegó el silencio, pesado, absurdo, envolvente, nítido, atronador, implacable, y se tornó tranquilo, cercano, limpio, común y sincero. Ella cogió su mano y, como siempre, hicieron el amor encima del piano.

30 de mayo de 2007

05/06/2007 13:13. Autor: TALLER DE CREACIÓN LITERARIA. #. Tema: PARA EL TALLER DE DANIEL GASCÓN No hay comentarios. Comentar.

11/06/2007

UN CUENTO VENTOSO DE JOSÉ MANUEL GONZÁLEZ

VIENTO EN POPA.- Por José Manuel González

La vida de un superhéroe es monótona dentro de lo que cabe, tenemos las obligaciones propias de nuestros superpoderes: salvar al mundo de los súper-villanos, defender a los oprimidos de sus opresores, asistir a las víctimas, solucionar las consecuencias de las catástrofes naturales y todas las demás bagatelas que los cómic Marbel se han encargado de airear.

Lo que pasa es que, en el tiempo en que vivimos, hay tantos de mi clase que, a veces, tenemos que pelearnos por ejercer nuestra labor salvadora. Ayer, sin ir más lejos, tuve una terrible trifulca con "El Hombre de Paja", -no confundir con Pajaman que como todo el mundo sabe es de los malos y un guarro- , tan prepotente él, quería apagar el incendio declarado en una gasolinera. El caso es que yo llegué primero, pero se empeñó en ayudarme sin darse cuenta de que su cuerpo arde con facilidad y que toda la gracia de sus superpoderes consiste en ir dejando un rastro de pajitas por donde pasa y salir volando cuando sopla una ráfaga de viento. Por eso tuve que llamar a mi amigo Waterman para apagarlo (al Hombre de Paja, la gasolinera ardió por completo).

 

El viernes veinticinco de mayo me levanté con la firme convicción de dar un giro a mi vida. Lo tenía decidido, a partir de ese día iba a adoptar una personalidad secreta. Con muchas dificultades me confeccioné un traje de camuflaje que consistía en:

-Pantalón vaquero, gastado por las rodillas, con su roto deshilado y bolsillos en el culo.

-Camisa de cuadros con bolsillo en el lado izquierdo y botones de nácar de cuatro agujeros.

-Zapatos marrones, gastados en la suela y los talones, con cordones y una mancha en el empeine derecho.

También me hice con una gorra de esas de béisbol con visera enorme, pero fui incapaz, tras muchos intentos, de mantenerla puesta algo más de unos segundos sobre mi etérea cabeza.

 

Tras el desayuno de todos los días (leche ozonizada, galletas de protones con neutrinos y el aburrido zumo de roca) salí de casa decidido a no utilizar mis superpoderes.

Por la calle vi a Súper Vulpes, con su rabo al viento, su hocico respingón y sus orejitas color canela. Ella, como siempre, me saludó como se saluda a un extraño al que ves todos los días

-¿Qué tal Súper Cierzo? Dijo peinando sus velludos brazos y sin levantar la vista.

Yo no pude menos que ocultar mi decepción y me largué soplando en dirección noroeste fuerza tres. Al llegar a la esquina vi la típica cabina telefónica y con la rapidez del viento -que por algo soy Súper Cierzo- me coloqué el traje con mi nueva identidad.

 

El resultado fue impresionante. Nada más verme Vulpes alzó esos increíbles ojos color avellana y frotó sin disimulo su frondoso rabo entre mis piernas. No pudo evitar su naturaleza, siempre ha sido y será un zorrón. Por un momento, creí que me iba a descubrir, que mi cuerpo de aire se desintegraría dejando en el suelo el disfraz, pero por increíble que pueda parecer, nada de esto sucedió.

 

Vulpes quedó prendada al instante de mi aspecto desvalido. Yo la veía seguirme, con disimulo, mientras recorría la calle andando (si han escuchado bien ¡andando! ¡Sobre el suelo! ¡Sin volar!) La sensación de libertad era increíble.

 

Continué callejeando durante más de una hora viendo la sombra peluda de Vulpes que merodeaba ya con descaro. Dos veces estuve tentado de descubrirle mi verdadera identidad, pero en el último momento resistí el impulso. Ahora me sentía un tío importante, querido, atractivo incluso. Sabía que tenía que entrar en una situación comprometida para dejarme salvar y así culminar mi transformación. Por eso, cuando vi aparecer el enorme camión de la basura no lo dudé. Crucé la calzada con gesto distraído y paso decidido. El camión, lanzado cuesta abajo, fue incapaz de frenar. Ese era el momento para que interviniese Vulpes, pero en el último instante, cuando sus potentes piernas iniciaban un acrobático salto, fui izado por el aire asido por los sobacos. Levanté la vista lleno de rabia para comprobar quien era el aguafiestas.

-Tierra trágame -me dije- es Tramontana mi ventosa novia.

Me dejó con suavidad cerca de la parada de metro. No me reconoció, sin embargo, creo que encontró algo familiar en mi aspecto.

Muy asustado, me deshice del disfraz y me dirigí a nuestro bar preferido, a la Rosa de los Vientos, donde me esperaban Siroco, Mistral y Tramontana que seguía algo mosqueada por no poder relacionar a quién le recordaba la cara del panoli que había salvado.

 

Como cada viernes, tomamos un extenso surtido de aguas ionizadas y el típico oxígeno puro que sirven en todos los bares de superhéroes. Siroco inició una de sus locuras, soplaba cálido como la fragua de Vulcano; Mistral bebía de su copa harto de todo, mientras, Tramontana miraba buscando en mi cara la sombra de la culpa. Yo, por mi parte, desviaba la conversación hacia temas triviales: las próximas elecciones al consejo estelar, los precios de los vehículos espaciales y lo mal que se está poniendo aparcar en la Luna. Para Tramontana era evidente que estaba ocultándole algo. Me sometió a un sutil interrogatorio hasta que me derrumbé. Canté como un jilguero, le enseñé mi disfraz algo manchado de asfalto y ella empezó reír con fuerza lo que motivó el consiguiente vendaval y las protestas del pesado de Mister Granito, quejándose de que, su querida Súper Piedra Pómez, había salido despedida al fondo del bar con su consumición incluida.

 

Lo gracioso de todo es que Tramontana no se lo tomó nada mal, cuando terminó de reír me estampó un beso que resonó como un trueno y derribó, nuevamente, varias consumiciones.

 

Tras las miradas asesinas del dueño del local, nos largamos con viento fresco (o cálido, según se mire). El día había sido agotador y hasta los superhéroes necesitamos un descanso.

 

Pina 11 de junio de 2007

18/06/2007

Arroz a la cubana de Julia Gallego

ARROZ A LA CUBANA

El coche de Manuel Medina no es nuevo. Cuando vienen sus hijos, una vez al mes, le recriminan.

-Papá- le dicen-éste coche ya está viejo, podrías comprarte otro más moderno de esos de última generación.

Pero él no quiere comprarse otro coche ni otro modelo. Le gusta el suyo: un Fiat Stilo, de color verde.

Piensa que nadie le entiende. A Manuel Medina le gusta su trabajo, pero hace medio año que el director de su departamento no aceptó su proyecto de construir pequeños establecimientos de comida, donde el arroz a la cubana se hiciera tan famoso como la paella de Valencia o el cochinillo asado de Segovia. Manuel Medina sabe que el quid de la cuestión reside en el antagonismo existente entre los otros asesores que forman el equipo, como él, que tienen despachos propios y se ganan la vida con negocios más turbios.

Cuando el día despunta sale a la calle para tomar un café, una magdalena y algunas tapas, un trozo de tortilla de patata los días que cenó poco, después se queda por ahí hablando con otros, hasta cinco minutos antes de que se abran las puertas de la empresa para la que trabaja.

Manuel Medina tiene sesenta años. La mujer que está sentada a su lado es la secretaria, se llama Domitila, y todavía no ha cumplido los treinta.

Domitila miró discretamente el reloj, está preocupada porque el tráfico, a esas horas, se torna más denso. Manuel notó el gesto, pero se mantuvo callado porque sabe que cuando salgan, como otras veces, se ofrecerá para llevarla de vuelta. Manuel Medina dirá:

-No te preocupes, llegaremos a tiempo.

-No estoy preocupada- responderá Domitila, mientras se ajusta el cinturón de seguridad.

Y, él, girará el coche a la derecha, hacia un camino de zahorra, dejando atrás el polígono industrial, hacia la carretera. Como de costumbre cuando el tráfico se complique, Manuel Medina acabará tomando un atajo.

-Como siempre, tu trabajo de hoy no ha sido estupendo- asevera Domitila que ha advertido la expresión seria de Manuel

Manuel Medina no contesta.

-Es una lástima que el director no sea capaz de apreciar, al detalle, tu proyecto-continua diciendo Domitila mientras se enciende un pitillo-. Si lo hiciera, nuestra empresa sería conocida en toda España. Y también engrosaría el bolsillo de los accionistas.

Manuel Medina sigue sin contestarle, aunque asiente ante la veracidad del comentario. También pensaba que sería infinitamente más apropiado que él, fuese el director del departamento. ¡Por amor de Dios! Después de todo, era él quien conseguía sacar a flote la mayoría de los proyectos. Gracias a él, la Marketin Spain se había convertido en una de las mejores empresas en el negocio de la restauración. Hasta la revista Vivir y comer lo aseguraba en un artículo.

-No te preocupes- murmura-. Y como un ciego tanteando suavemente el sitio, la mano derecha de Manuel Medina, apenas le roza la pierna.

Domitila apaga el cigarrillo y suspira, después dice juguetona:

-Buenas tardes, mi amante egoísta...

Manuel Medina se hundió en sus ojos marrones y la vio tan bonita, tan alegre y tan joven. Apartó la mirada.

-Tienes razón, estoy siendo egoísta, pero por mucho que me esfuerzo no dejo de pensar que soy un vejestorio imbécil y ridículo. Dicho con otras palabras, soy un vejestorio separado que anda por ahí exhibiéndose con una joven de la edad de mi hija.

Domitila tomó la mano que se retiraba, la besó, apretándola con fuerza contra los labios.

Manuel Medina jamás había estado tan enamorado, tan loco por una mujer como lo está de Domitila. Ya se había casado una vez y no fue muy buena la experiencia. Una cosa, sin embargo, no quita la otra.

Los sollozos estremecían el cuerpo de Domitila. Durante unos segundos Manuel Medina no dijo nada.

-Lo siento-dice Domitila, cogiendo varios pañuelos de papel-. No quería llorar.

Durante largo rato, ninguno de los dos habló. Luego Manuel Medina recordó la última vez que lo hicieron. Se lo imagina tan vivamente que incluso levanta el pie del acelerador y se pierde en un parque cercano. Cuando apagó la llave de contacto, la voz de Domitila le lleno de deseo:

-¿Quieres dictarme alguna carta?-bromea, acariciándole la nuca.

Los temores de Manuel Medina respecto a su potencia sexual desaparecieron en el acto.

-No es demasiado temprano para que nos divirtamos un poco ¿verdad?- pregunta Domitila, abalanzándose contra el cuerpo de Manuel Medina, percibiendo su excitación.

-¡No, que va!- exclama tumbándola en el asiento y empezando a arrancarle la ropa, preso de una tremenda exaltación, al comprobar hasta qué punto responde su cuerpo a las insinuaciones de Domitila.

-Vendremos aquí muchas veces. Tengo lo que quiero tener...- musita Domitila mientras la penetra.

-Sí, vendremos- murmura Manuel Medina a Domitila-, me gusta el sitio.

Pero no fue del todo sincero. Tenía miedo de que alguien pudiera verlos.

Ahora Manuel Medina cierra la ventanilla, deja fuera el rumor del viento entre los árboles, los grillos. Se ha hecho tarde. Es hora de acostarse. Mañana es sábado, y vienen sus hijos.

19/06/2007

DOMITILA ES FELIZ -Marisa Fanlo Mermejo-

Domitila es una mujer feliz. Antes era marinero. Le encantaba salir a cubierta a la hora de acostarse para mirar el horizonte. Tenía muchos amigos con los que salía cuando desembarcaban en algún puerto. Pero nunca ninguno supo su secreto. Se enteraron después, cuando alguien les contó que se la habían encontrado en un parque con un hombre y unas tetas nuevas.

A Domitila le dio igual que la viese aquel antiguo compañero. Aunque sabía que a los pocos días lo sabrían todos los demás. Le daba todo igual porque era feliz. Además del hombre y las tetas nuevas, Domitila tenía un coche, un fiat stilo que la llevaba todos los días a trabajar a un restaurante de carretera.

Hoy Domitila está haciendo arroz a la cubana. Hace un descanso y sale a fumarse un cigarro a la puerta del bar de carretera. Cuando vuelve a entrar lo hace por el bar y no por la puerta de la cocina. Al acercarse a la barra un hombre se gira. Ahí están esos ojos verdes. Desde entonces Domitila tiene de todo. Desde entonces, Domitila es feliz.

 Sonriente

Javier es comercial. Vive solo y no tiene ningún horario fijo. Lleva un fiat stilo de la empresa que acaba de aparcar al lado de un bar de carretera. Quiere comerse el arroz a la cubana que ha leído en el menú de la entrada y echarse una siesta en el coche. Tiene que estar en Fraga a las seis y aún son las dos. Le da tiempo hasta de tomarse una caña en la barra. Cuando está esperando la caña oye la puerta del bar, se vuelve y ve a Domitila.

Le recuerda vagamente a una tía con la que se lió en un parque hace unos años durante una borrachera. Sus tetas le recuerdan a la misma tía. También recuerda como una pareja de verde le despertó horas después.

Javier le pregunta a Domitila si esa noche, a la hora de acostarse, pensará en él. Domitila le mira a los ojos y se acuerda del mar.

DOMITILA A MI PESAR por José Manuel González

Domitila fue la primera esposa del emperador Vespasiano, el brillante romano al que se le ocurrió poner un impuesto por utilizar los urinarios públicos. Por eso los romanos empezaron a llamar vespasianos a los retretes en su honor y por eso al padre de mi madre, que trabajaba de mozo en los servicios de un cine, se le ocurrió ponerle ese pintoresco nombre que le marcó desde pequeña.

Un nombre, a veces, es una pesada carga. Cuando es un nombre poco común, te sientes lastrada por él, obligado a deletrearlo una y otra vez por qué no lo entienden cuando lo dices, te ves abocada a soportar las burlas, siempre hirientes, de los niños que buscan en la diferencia la diana de su crueldad. Y luego, cuando has conseguido superar el lastre de tu rareza y te sientes orgullosa, por fin, de tu originalidad te dices: "¿Cómo no voy a poner Domitila a mi hija? ¿Y si se pierde el nombre? Y vuelves a cometer el mismo error que tus padres.

Yo soy Domitila de segunda generación. Siempre odié a mi madre por colgarme ese Sambenito que me acompañará mientras viva. No me ha ocurrido igual que a mi madre, nunca pude acostumbrarme al nombrecito, incluso he intentado cambiarlo en el Registro Civil, pero el adusto funcionario que me tocó en suerte se empeñó en que tenía que buscar un nombre que empezase por D: Dorotea, Demetria, Desideria, Dolores ..... Casi me pareció peor el remedio que la enfermedad, así que seguí con el nombre de la insigne liberta del siglo primero. De todos modos, cada vez me duelen menos las risitas que provoca a quien lo escucha por primera vez. Los que me quieren lo suavizan y me llaman "Domi", "Tila", hasta hay uno que me susurra Domitilita en los momentos más íntimos que pasamos en su reclinable "Fiat Estilo".

Cuando estoy en ese coche italiano, con sus asientos de sensual suavidad, no puedo menos que recordar a la Domitila romana, que no llegó a ser emperatriz, pero fue madre del gran Tito (a lo mejor por eso les llaman "titos" a los orinales, al padre le dio por los urinarios y al hijo...) parece que la veo pasear por los suntuosos parques de la Roma Imperial, con sus ojos verdes musgo, con la túnica rozando el perfecto empedrado. Seguro que ella sí estaría orgullosa de su nombre y cuando llegara la noche romana, sin el disfraz de la luz eléctrica, se abandonaría en el triclínium esperando su mejor hora: la de acostarse. En el lecho, Vespasiano la cargaría de besos y de sueños imperiales. Y ella, arrullada por el lujo de la seda, se dormiría en sus brazos acordándose de cuando era esclava, sabiendo que sus hijos Tito, Domiciano y Domitila no pasarían nunca hambre.

Yo, a veces, me imagino que vivo en el año 69 d.c. y soy la hija del Emperador, rodeada de aduladores, pretendientes, regalos y cenas eternas que empiezan a las cuatro de la tarde y terminan entrada la madrugada. Cenas con pescados de las mas variadas clases: salmonetes, anguilas, lenguados; aves: tordos, tórtolas, perdices, lirones; y carne de cordero, cabrito, cerdo o jabalí. Postres con frutos secos, pastelitos de miel y vino en abundancia, sólo o con agua y miel. Sin embargo, ahora, de vuelta del mundo de los sueños, devoro un plato tan poco imperial como el arroz a la cubana. Con su sencillez lo tiene todo: la energía vigorizante de la fécula, el rojo ardiente del tomate y la temblorosa isla de yema huevo. Adoro romper con el tenedor la perfecta bandera tricolor del plato, componer nuevos colores mezclando el rojo, el amarillo y el blanco. Luego, cuando aún humea, sucumbo a los sabores simples de amalgama perfecta para después consolarme pensando en que, si bien mi novio no es emperador ni se llama Vespasiano, al menos me lleva a pasear los domingos soleados en su Vespino.

Cinco locos y un complot -de autores múltiples del taller literario-

-Supongo que piensas que eso lo cambia todo- dijo.

-¿Por qué habría de cambiarlo?

-¿Acaso te sientes el dueño del destino de los otros? ¡No seas ridículo...!. Menuda mierda de justicia la tuya- explotó Clara, enrojecida por la ira.

-Yo creía que... en fin, todo a la puta mierda.

-No creo que pueda manejar ésta situación sin sobornar a alguien; no haces más que meterte en líos, ahora tendré que comprar el silencio de los que te apoyaron en el complot.

-Vamos, no ha sido tan grave, sólo he manejado algunos datos, tú siempre exagerando las cosas, el dinero ayudará a la ONG y los otros no se enterarán.

-Te vas a pillar los dedos algún día. Pero seguro que te has llevado una parte a las islas Caimán, cuyo lema es: discreción sin parangón. Siempre te ha gustado enmerdar a todo el mundo.

-No, me he arrepentido y no me he quedado nada. Lo he invertido todo en lanzar al estrellato a un perfecto imbécil. Se llama Delfín pero canta como una almeja. Su voz brilla mucho menos que su perfecta calva. Pretendo demostrar- y creo que está en mis manos- que con dinero todo es posible, incluso sin talento. Después de que gane unos millones llevándole de gira, crearé un partido político del que será el líder. No creo que me cueste comprar a unos cuantos concejales, o gente que quiera actuar como tales acompañando a Delfín. De ahí a la presidencia del gobierno... un paso. Y el Vaticano no está lejos...

19/06/2007 18:16. Autor: TALLER DE CREACIÓN LITERARIA. #. Tema: PARA EL TALLER DE DANIEL GASCÓN No hay comentarios. Comentar.

22/06/2007

Un largo fin de semana -Amanda-

El calor empezaba a ser insoportable y todavía les quedaba la mitad del trayecto.

Cuando compraron juntos el Fiat Stilo , hace unos cinco años, ya les advirtió el del concesionario que por unos dos mil más les daba el del aire acondicionado. Ni siquiera dudaron un momento. Nunca llegaron a pensar que el termómetro pasaría de los 40  un mes de julio.

  • - En cuanto lleguemos a la gasolinera , paramos a tomar un helado, no puedo más con este calor - le dijo Tomás a su novia.

María sólo asintió con la cabeza. Desde hacía tiempo sabía que la relación no funcionaba, pero ella seguía tan enamorada como el primer día. Cuando Tomás le propuso ir el fin de semana al pueblecito pesquero, una sensación de nerviosismo esperanzador invadió todo su cuerpo. Se acordaba perfectamente de cuando Tomás la miraba fijamente en aquel parque tan verde y repleto de amapolas del pueblecito mientras intentaba hacer un boceto del paisaje.

  • - ¿Te gusta pintar?- le preguntó él, después de contemplarla enardecido.
  • - Me gano la vida pintando cuadros pintorescos, o algo así.

Hacía rato que sonaba Stravinski en el coche. Los dos eran unos apasionados de la música clásica, sin embargo los acordes ya no eran tema de conversación , sino una forma de inspiración para los pensamientos que continuamente les venían a la cabeza. A María nostálgicos, a Tomás de desesperación. Nunca llegaron a pensar que Stravinski sería la mejor excusa para no tener que hablar.

También Tomás pensó que volver al pueblecito sería una buena idea para solucionar la tensión que había entre los dos. Pero no podía dejar de pensar en ella. Se enamoró de Domitila casi sin quererlo, probablemente la misma noche que la conoció. Aquella noche que salió con su amigo del alma, Pablo, a tomar unas copas hasta las tantas y prometió a María que volvería pronto. No volvió tarde, pero ya no buscó a María en la cama. Después de tomar unas copas, Pablo le propuso ir al club de alterne que tanto frecuentaba para ver si veía a la de siempre. Al principio Tomás no quería, pero pensó que la penúltima copa no le sentaría mal, y además, nunca le decía no a su amigo.

  • - Hola, soy Tomás y tengo novia, para que lo sepas.
  • - Hola, soy Domitila y soy puta, para que lo sepas también. Pero no te preocupes, iremos al grano.

Esa noche no hubo besos, sin embargo Tomás sentía la necesidad de besarla por todo el cuerpo, de tocarle su larga cabellera rojiza y ondulada, de cuidarla, de decirle que la amaba.

La gasolinera  estaba a veinte kilómetros. María se encendió un cigarrillo, entonces sus recuerdos ya le estaban ahogando el viaje. Recordó cuando al poco tiempo de conocerse lo invitó a comer a su casa, en la ciudad. Estaba tan nerviosa que se había olvidado ese día de hacer la compra y no tenía nada en la nevera, excepto un par de huevos y tomate frito de bote. Nunca se le dio mal improvisar en la cocina, así que echó mano de su dote y empezó a preparar arroz a la cubana. Ese día se le quemó el arroz, pero no les importó a ninguno de los dos. Hicieron el amor hasta quedarse dormidos.

  • - ¿Me das un cigarrillo?- preguntó Tomás, interrumpiéndole el pensamiento. - Se me ha olvidado comprar tabaco.

Tomás nunca llegó a pensar que podría enamorarse de otra. Cuando conoció a María creyó que era la mujer ideal para él, divertida, guapa y con aquel misterio bohémico que tanto le encantaba de las mujeres. Sin embargo, volvió al día siguiente al club.

  • - Hola Domitila. No puedo dejar de pensar en tu olor.
  • - Ahórrate las palabras, amigo. Yo te hago lo que quieras, pero no quiero romanticismo- le contestó Domitila.

Pero esa vez se besaron como nunca, y se saltaron las normas de las rameras a la torera.

Llegaron ya a la gasolinera. Tomás se pidió un helado de chocolate, María un cortado con hielo. Les quedaba todavía dos horas de viaje.

María siempre disfrutaba cuando iban al pueblo. Mientras Tomás leía el periódico, ella pintaba algún cuadro en aquel parque tan verde y lleno de amapolas.

  • - Creo que llegaremos de noche- dijo Tomás mientras saboreaba el helado.
  • - Si, ya está oscureciendo un poco.

Hacía tiempo que Tomás quería contarle a María que se había enamorado de otra mujer y que quería pasar el resto de su vida con ella. Tenía largas conversaciones con su amigo Pablo en el café de al lado del estudio.

  • - Mira que enamorarte como yo de una puta. Nunca debiste entrar -le decía Pablo.
  • - Ya sabes, como dijo Wilde, "puedo resistirlo todo excepto la tentación".

Cuando entraron en la casita del pueblo, ya eran las once y el silencio invadía la atmósfera.  Dejaron las bolsas encima de la mesa y Tomás sacó una manta de cuadros del armario de tinte envejecido del salón. La expandió por el sofá y se tumbó en él.

  • - Duerme tú en la cama- le dijo a María- estoy muy cansado del viaje.
  • - Vale -contestó María con la mirada perdida.

Les quedaba un largo fin de semana por delante.

22/06/2007 11:02. Autor: -Amanda-. #. Tema: PARA EL TALLER DE DANIEL GASCÓN No hay comentarios. Comentar.

24/06/2007

MARCADOS. ARRATE GALLEGO

Llegué al pueblo de Arla como maestra en Septiembre. Era un hermoso y pequeño pueblecito en Galicia de calles estrechas y casa de piedra, con olor a humo y humedad.  

Conocí a los veinticinco niños de la escuela el primer día, y a la mayoría de sus padres también, gente trabajadora y simple, dedicada en su mayoría al campo. Además conocí a María, una señora de cuerpo deforme, con una joroba en la espalda, pero que caminaba erguida, más bien tiesa, con los bolsillos repletos de caramelos para repartir a los niños, quienes lejos de burlarse de su aspecto, la apreciaban por su dadivosidad. Ella me convenció para que me quedara a vivir allí y no viajara tanto, me alquiló una pequeña casita contigua a la suya, en  el primer callejón de la calle principal. Su risa era ruidosa como el cacareo de una gallina, y sin duda me alegraba los días, pronto se convirtió en una amiga.

Durante mi primer año de maestra en el pueblo, Claudia, una alumna de tercer curso perdió a su padre en un accidente, todos lo sentimos mucho y sus amigos la apoyaron más que nunca.

En mi segundo año allí, cuando comenzaba la Primavera, Oscar de cuarto curso, vio impotente como su mamá se moría de un cáncer fulminante. Claudia y sus amigos le rodearon para consolarle.

Casualmente los padres fallecidos se habían construido una casa recientemente, y se murieron sin apenas disfrutarla. María decía que existen casualidades fatales, que hay que aceptar sin más, aunque sin duda en un pueblo tan pequeño el impacto es mayor.

En clase, los niños comentaban que era una maldición: si alguien se construía una casa moriría, o lo que es lo mismo:” A jaula terminada pájaro muerto “. Hablé con ellos, intenté hacerles comprender que el azar  es así de imprevisible, que puede haber penosas coincidencias, pero que no era más que eso. Acepté su silencio como un signo de que lo habían comprendido, y continué la clase.

Durante mi tercer año allí, antes de las vacaciones de Navidad, el padre de José, uno de los chicos mayores de clase se murió de un infarto, mientras discutía con una empresa de electricidad, el día en que le darían energía a su nueva casa. Después del funeral, cuando volvíamos del cementerio, vi a los tres niños hablando: Claudia, Oscar y José, me acerqué a ellos y les abracé, Claudia susurró en mi oído: no hay tantas casualidades señorita. Yo no supe qué contestar, la tristeza aprisionaba mi garganta hasta la fatiga, mientras observaba cómo la tristeza invadía sus ojos sin remedio.

Esa noche no podía dormir,  pensando que a cuatro de mis niños se les había muerto un padre, desde que yo había llegado al pueblo. Puestos a ser supersticiosos y a pensar mal, quizás era yo la culpable de todo, y quien había traído la mala suerte al pueblo.

Pasé la Navidad con mi familia, lejos de Arla, intentando olvidar toda la tristeza que les rodeaba.

Cuando regresé a mis clases, todo seguía su marcha habitual. Hablé con María de mi sospecha  y se rió con ganas. ¡Estás loca, cómo se te puede ocurrir tal cosa! y me contagié de su risa, y me dejé llevar de su eterno optimismo, y me reí con las ganas de quién descubre la risa por primera vez.

Durante las vacaciones de verano, me casé con Marcos, mi novio formal desde hacía dos años, pero al que veía poco por nuestros trabajos, el consiguió el traslado a  un pueblo más cercano para poder vivir juntos en la casita que yo tenía alquilada. Tiempo después Marcos compró una finca al lado de la escuela para que, con el tiempo, y ahorrando mucho, edificáramos una casa, como esas tres nuevas que había en el pueblo. Era un hermoso proyecto para realizar juntos, sin duda, sólo que un creciente desasosiego se apoderó de mi.

El padre de Julia estaba terminando su nueva casa cuando llegó la siguiente Navidad. Sus ojos tristes miraban a Claudia, Oscar y José buscando respuestas a preguntas que estaban en el aire, yo la observaba temerosa, pensando que era imposible que se repitiera lo mismo que a sus compañeros. Aún así la inquietud crecía a medida que pasaban los días. Julia se mudó a su nueva casa a finales de Enero pero su casa todavía no estaba terminada, a sus papas se les agotó el dinero y no pudieron  pintarla ni colocar la baranda del balcón, ni recubrir las escaleras de baldosa. Se veía una casa a medias, pero ellos se sentían muy felices dentro. Esperamos conteniendo el aliento deseando que no sucediera nada, y nada sucedió. La casa de Julia aún no está terminada, aunque hayan pasado cuatro años.

No hubo más casa en construcción durante varios años, entonces mi esposo Marcos inició las obras de la nuestra. Con ilusión compramos todo lo necesario, y la vimos crecer hasta el tejado, en dos años nuestra casa estaba terminada, y ya estábamos preparando la mudanza. Mis  antiguos alumnos vinieron a visitarme para advertirme de la maldición.

-¡ Vamos chicos, ya habéis visto que eso no se ha cumplido con Julia! ¡no hay tal maldición!- Los invité a limonada y se fueron cabizbajos. Sus silencios hablaban con más fuerza que sus palabras.

Cuando me mudé lo hice entre alegría, dudas y pesar. María nos ayudó a trasladar nuestras pocas cosas con emoción. Cuando todo estuvo ordenado con las cortinas colgadas, los cuadros y los espejos, me senté a descansar…

Marcos se ha ido a la ciudad a comprar mas clavos, yo me siento en nuestro balcón orientado al oeste, para observar la puesta de sol, con un cuaderno y un bolígrafo en la mano dispuesta a escribir lo que ocurrió aquí. Si todo va bien, mañana continuaré la historia...

FIN 

24/06/2007 22:36. Autor: TALLER DE CREACIÓN LITERARIA. #. Tema: PARA EL TALLER DE DANIEL GASCÓN No hay comentarios. Comentar.

UN DIA CUALQUIERA, ARRATE GALLEGO

En el amanecer de cada nuevo día  pareciera renacer la esperanza, inconcreta y difusa de que las cosas mejorarán. A medida que el sol asciende hacía el cielo, se lleva ese anhelo consigo, quedando tan sólo un ansia oculta de cambiar de vida. Cada día me levanto sintiendo el mismo vacío existencial. Hoy, con el peso de mis decepciones encima, comienzo un nuevo día. Como cada mañana, -desde hace dos años- me presento con mi uniforme de color verde  esmeralda, en la puerta del Museo de Ciencias Naturales:

-Hola soy Domitila, y seré su guía.

Un día tras otro, explico  y enseño las excelencias de todo lo expuesto en nuestras galerías. Recorriendo espaciosos pasillos en  penumbra, como mi espíritu, sonrío a los grupos de personas que acuden a visitar la muestra, con desigual interés en mis palabras, quedando a veces suspendidas en el aire prolongándose con el eco breves instantes más.

A la hora del almuerzo, como es ya Primavera, me acerco al parque de enfrente, a comer un bocadillo. Me siento en un banco al borde de la vereda principal, desde dónde observo pasar a la gente, albergando la esperanza de encontrar algo, o alguien, que de sentido a lo que hago. A veces juego a imaginar las huellas que la vida deja en sus rostros. Sueño sus vidas carentes de rutina rebosantes de éxtasis, pasión, arrebatos de locura que les hagan perder momentáneamente la cabeza alcanzado la cima de la felicidad. Buscando siquiera un atisbo de emoción  que contagiarme.

Regreso a mi puesto de trabajo, con la cabeza llena de fantasías y vacío el corazón, de una realidad tangible que me hagas estremecer. Intento mantener interesados a unos escolares en los nuevos fósiles que nos han traído, aunque se que están más interesados en desmontarlos que en observarlos.

Terminada la jornada vuelvo a casa, el Fiat estilo de Jose - el inseparable amigo de Carlos, mi marido- , está aparcado junto a la entrada. Hoy cenaremos tres, no importa, no se quedarán mucho rato. Cuando entro, los dos me saludan afectuosos: se levantan del sofá y me besan en la mejilla. A simple vista no sería fácil distinguir cual de los dos es mi marido. Carlos siempre ha sido: correcto, distante, celoso guardián de su individualidad, gran amigo. De hecho creo que es mejor amigo que cualquier otra cosa, o que solo es eso, como Jose.

En la cocina hay preparado arroz a la cubana, ellos ya han cenado, esta semana tienen turno de noche y se van pronto. Carlos siempre dice que es el mejor turno, porque así pueden dormir por la mañana, y aún les queda toda la tarde libre para entretenerse en su actividad favorita: tirarse al sofá a devorar comida, mientras ven películas de cine. Entonces se convierten en críticos de cine aficionados, que basan sus críticas, más en visiones subjetivas, manipuladas por la campaña más o menos feroz de la prensa, que en un conocimiento cabal del mundo del cine.

Ceno sola, mientras leo un artículo en una revista de historia, después de haberles despedido con una sonrisa,  pero esta se me cae cuando les pierdo de vista y siento el frío de la soledad que me llega hasta adentro.

Sentada en la cama, en el lado izquierdo, frente al espejo de la cómoda me miro a los ojos. Confieso que este es el mejor momento del día: la hora de acostarme. Deslizo entonces mis piernas entre las sábanas  frescas y escucho el sonido del algodón rozando y envolviendo mi piel. Inmóvil, mirando al techo percibo cómo la inconsciencia me invade, y dejo de sentir, de oír, de ver: soy feliz. A mi mente viene aquel poema:

“Dormir es sumergirse

en las profundas aguas

de la inconsciencia

y navegar sin rumbo

hacia la oscuridad.”

                                                                                                                      

24/06/2007 22:44. Autor: TALLER DE CREACIÓN LITERARIA. #. Tema: PARA EL TALLER DE DANIEL GASCÓN No hay comentarios. Comentar.

TRIO. ARRATE GALLEGO

TRIO

  

Somos ella él y yo. Los tres compartimos cama, aunque no espacio pues cada uno tiene el suyo bien definido. Vivimos en armonía, respetando nuestros límites, y el de los demás.

A veces  él se va de viaje, y entonces ella es sólo para mí. Sus besos, abrazos y frases cariñosas son sólo mías, desayunamos juntos y compartimos el rincón del sofá que tanto le gusta. Se que ella es feliz , lo leo en sus ojos. Cuando él vuelve  todo sigue igual. Algunas noches mientras ella duerme, me acerco a su cara  y la beso en la mejilla y el cuello. Entonces apoyo mi cabeza en su almohada  mientras huelo su pelo, inmóvil para que no se despierte, luego vuelvo a mi sitio y me acurruco a sus pies, siempre a los suyos, y ronroneo de felicidad mientras me duermo.

  

.                                                ------------Arrate----------------

24/06/2007 22:47. Autor: TALLER DE CREACIÓN LITERARIA. #. Tema: RELATOS No hay comentarios. Comentar.

28/06/2007

TRESCIENTOS DÍAS DE SOL de Ismael Grasa

http://300diasdesol.blogia.com/

Éste es el blog donde podéis conocer el último libro de Ismael Grasa publicado por la editorial aragonesa Xordica. Y esto es lo que dice nuestro último profesor, Daniel Gascón, del libro de nuestro recién publicado profesor anterior.

Trescientos días de sol es el último libro de Ismael Grasa (Huesca, 1968). Cuenta doce historias inquietantes, protagonizadas por personajes que se encuentran en una situación provisional, y en las que el delito es una presencia constante: a veces una amenaza o un incordio, en ocasiones un deseo sin mucho fundamento: a un profesor le roban un móvil en una excursión, un afilador amenaza a su cliente con el cuchillo que acaba de arreglar, unas payasas que animan comuniones roban en las casas en las que actúan.

Trescientos días de sol es un libro estupendo sobre personajes en proceso de reajuste, que asisten a bodas y a entierros y a repartos de herencias sin participar del todo (a menudo se quedan fumando a un lado), y que entienden a medias lo que les pasa. Muchos de ellos tienen trabajos temporales o quieren cambiar de vida, y se niegan a que los clasifiquen. También tienen un talento especial para meter la pata, como el inspector Clouseau o los protagonistas de Seinfeld: uno de ellos le dice a una masajista que ha ido allí a recibir placer. En estos relatos, que la realidad parece imitar (“Un sarrio” hace pensar en el terrible crimen de Fago, y en “No me gustan los psicólogos” el protagonista lleva una navaja por si acaso), puede haber un estallido de violencia inesperada.

Trescientos días de sol también está lleno de un humor salvaje, que a veces te asalta cuando menos te lo esperas y que demuestra un extraordinario sentido del tiempo. En “Algo provisional”, uno de los mejores relatos del libro, el protagonista posibilita que su hermanastro sea violado: “Los intentos de Rubén por defenderse se volvieron en su contra, aprendió que en un juicio de pederastia con violación probada es mejor no empezar frases del tipo ‘¿Qué hay de malo en?’”.

Ismael Grasa sabe que algunos detalles (la marca de un hombre en un sofá, una mesa en la que falta una servilleta) o una frase extraña pueden contar una vida entera: “Estábamos ahí, rodeados de esos disfraces de osos, de novias medievales, de hadas madrinas, de todos esos zapatos enormes de payaso”. Sus cuentos dan pocas explicaciones y son mucho más cerrados de lo que parece: son pequeñas películas, que ofrecen una mirada muy contemporánea y desprovista de clichés sobre las ciudades y sus piscinas, los recreativos, o sobre las despedidas y los cementerios de los pueblos. Trescientos días de sol posee una precisión formal que casi no se nota, un mecanismo de relojería que describe algo inestable, maravilloso y turbulento: un puñado de seres humanos.

28/06/2007 18:44. Autor: TALLER DE CREACIÓN LITERARIA. #. Tema: AVISOS Y COMENTARIOS No hay comentarios. Comentar.


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