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Se muestran los artículos pertenecientes a Diciembre de 2007.
Por un camino de sangre, sangre perdida de muchas ilusiones, Quizá siguiendo el camino, camino sin fin, Leí en alguna parte que las uñas de los pies crecen a la misma velocidad que la deriva de los continentes. Del mismo modo, no sería raro averiguar que la fuerza de la gravedad es directamente proporcional a mi facilidad en meterme en problemas. Me explico: resulta evidente que soy algún tipo de gafe o algo que se le parezca. Mi presencia en cualquier mesa es antesala de vasos volcados, sopa vertida sobre la inocente calva de un comensal o de manchas de salsa que asolan el mejor traje. De todos modos, estas cosas no serían más que anécdotas si no hubiera pasado lo que pasó. Era uno de esos días en los que resulta casi imposible salir de la cama. La cabeza me decía que debía ir a trabajar, pero mi cuerpo se obstinaba en mandarme señales para impedirme salir de casa. Con los miembros aletargados caminé hasta el trabajo con el convencimiento inequívoco de que algo iba a pasar, algo desde luego desagradable. Llegué tarde a la oficina, como casi siempre. El jefe me estaba esperando vestido con el traje de "dar por saco". Intenté ignorar su mirada de suficiencia y de reproche, esquivar las órdenes estúpidas que vertía con apabullante obstinación. Me senté al ordenador y fijé la mirada en un punto fijo tal como me había enseñado mi terapeuta. El jefe seguía insistiendo en meterse conmigo. Sus palabras desfilaban en mi cerebro como en una parada militar: un, dos, un, dos, haz esto, haz aquello. Pero, de la misma manera que el soldado entrenado sabe abstraerse del dolor que le rodea, yo soportaba el chaparrón verbal como si fuera sirimiri. De pronto sonó el teléfono en su oficina y su perfecta secretaria le hizo señas de que debía contestar la llamada. Por un momento me vi aliviado de su agobiante marca. El buldog había soltado su presa para jugar con otro hueso. Me sumergí en mi anodino trabajo deseando hacerme invisible. Sin embargo, al levantar la vista, me di cuenta de que todo el mundo me estaba mirando. Nadie permanecía en su puesto, la cara del jefe parecía desencajada. La secretaria se volcaba en consolarlo a la vez que me mandaba descaradas miradas. No supe como interpretar las señales. ¿Sería la llamada la causante del desastre? Y entonces todo quedó claro. Por fin la desgracia se había consumado. Mi jefe había sido sustituido por el más inepto de la oficina. Lo peor es que ese inepto era yo mismo. NO DIGAS QUE FUE UN SUEÑO Siempre soñó con hacerlo en el barro. Gozar flotando en el viscoso elemento como si fuera líquido amniótico. Resbalar con su cuerpo al abrazarla y sentir que se escurre como una sirena en un tarro de gelatina. Por eso preparó ese inmenso estanque en su casa. Sé que al verlo y, por qué no decirlo, al olerlo, causó en ella cierta repulsión, pero como casi siempre acabó convenciéndola. Ella se quitó la ropa mientras él se zambullía con la ropa interior puesta. Pronto estuvieron cubiertos por el lodo. La sensación placentera que tanto había deseado se tornó desagradable al comprobar que el hedor del fango se les metía en el cerebro. Intentaron abstraerse y concentrarse sólo en su placer. Exploraron las sensaciones que les brindaba el nuevo elemento, disfrutaron sumergiéndose por completo hasta cubrir cada centímetro de sus cuerpos de brillante limo. Cuando el deseo creció hasta hacerles daño, él quiso besarla. Acercó su boca a los labios que amaba y buscó la lengua que tanto anhelaba. Pero, de pronto, una convulsa arcada le infló los carrillos. Tapándose el asco con la mano, se limpió el vómito en la pared de enfrente. Ella miraba avergonzada, sin saber que hacer, con los dientes llenos del cieno que les rodeaba. Y luego él, tras un instante de duda, al fin dijo: -Mejor sólo follamos. |