TALLER DE CREACIÓN LITERARIA DE PINA DE EBRO pinaescribe@gmail.com |
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Hola a tod@s: Ayer en la reunión del taller con las coordinadoras de la escuela de adultos decidimos editar un nuevo libro que recopile nuestros trabajos de los cursos 2006-2007 y 2007-2008, para ello necesitamos que mandeis los relatos y poemas a la dirección que acabo de crear para el e taller pinaescribe@gmail.com Con los trabajos que mandeis haremos una selección, para ello nos reuniremos en adultos cuando los tengamos todos. Escribiendo esto se me ha ocurrido que podíamos incluir una fotografía de cada uno de nosotros para ilustrar los relatos y poemas. Espero vuestras aportaciones. José Manuel FRASE ______ Ana María Rocañín El enfermero empujando la silla de ruedas entró en la sala de espera y la aparcó.- ¡Uy, me castiga de cara a la pared! –dijo la señora que ocupaba el cómodo vehículo.- Lo siento, ya le doy la vuelta- Y con la habilidad de un experto conductor la alineo con el resto de los asientos ocupados por los pacientes enfermos del servicio de urgencias.- ¡Hay días que una no debería salir de casa!- continúo la señora del bolso dorado – Iba por la acera y como estaban bajando a un señor con camilla en un portal, al ir a rodearlo, me he resbalado en el piso mojado y me he caído cuan larga soy. Así que en la misma ambulancia me han traído a la clínica. - Buenos días - interrumpió una señora que entraba con sus dos hijas, cojeando ligeramente de la pierna derecha.- Buenos días, ¿qué señora, usted también se ha hecho daño en el pie?- ¡Qué va! Treinta años trabajando sin coger ni unas anginas y desde que me he jubilado no paro de visitar hospitales. Llevo un mes con una cíatica a esta pierna, horrible y hoy cuando iba a las corrientes, al bajar un bordillo me ha fallado el pie y me he ido para abajo y como me he apoyado con esta mano, no sé que me he hecho en la muñeca que me duele muchísimo. Y ahora tengo mal la pierna y el brazo. ¡Si es que hay días en los que una no debería de salir de casa! Entrando, el marido de la señora del bolso dorado que venía de la cafetería le dice: - ¿ A qué no sabes a quién acabo de ver entrar? A Diogo, el futbolista del Zaragoza que se ha lesionado entrenando. ¡Ahora no podrá jugar el partido del jueves! ¡Hay que ver con lo que cobran y que flojos que son! Al cuarto de hora atravesó el pasillo un joven espigado muy serio con la muñeca vendada, acompañado de una despampanante morena de melena ondulada subida en unos altos tacones.-Mira, estos no han tenido que esperar- comento una de las hijas. Tras un buen rato la sala fue quedándose vacía y todos medianamente apañados regresaron a sus casas que por lo visto es donde mejor se está. EL BOSQUE La abuela Carmen vestía siempre de negro. Su silueta pequeña y menuda se dejaba ver en todas partes. Era una mujer activa, nerviosa. Se pasaba el día recorriendo las parcelas de su propiedad que aún cultivaba, alrededor de la pequeña aldea en la que vivíamos. Nuestras casas estaban adosadas la una a la otra, de manera que nuestras vidas se entrelazaban a diario, en pequeñas rutinas o mandados que siempre hacía para ella. En las tardes de verano, a la hora de la siesta, cuando el calor adormece los sentidos, me iba a su casa para que me contara historias. Sentadas en su vieja cama de madera, sin su pañuelo negro cubriendo su cabeza, parecía otra persona. Su piel era blanca, inmaculada, como el algodón. Sin bello, sin pecas ni imperfecciones, sin que estuviera expuesta al sol ni una sola vez durante años. Parecía a mis ojos una ninfa, un hada de cabellos blancos y largos, que me protegería siempre, y a quien sólo le faltaban las alas para echar a volar. Siempre se reía de mis ensueños, ella, que ni siquiera sabía leer, ni tenía un solo libro en su casa, y a quien nunca le habían contado un cuento de hadas. A ella le gustaba contar historias de muertos, de casos de desaparecidos, siempre mezclados con la superstición, aseverando que eran del todo ciertas. Le gustaba hablar de lobos, de cómo se comieron a dos bebés. De la señora Juana, a quien habían enterrado viva… Pero sin duda la que más le gustaba era la de Lucas, el leñador. Este buen hombre salía al bosque a cortar leña para venderla, se llevaba su mula bien enalbardada, y la cargaba con troncos y ramas que luego llevaba a casa. Hombre de talante reservado, huraño a veces, pero muy trabajador. Sucedió que en uno de esos días húmedos de otoño, Lucas no regresó por la tarde a su casa. Familiares y vecinos iniciaron una búsqueda por el bosque durante varios días. Pero lo único que hallaron fue a su mula atada a un árbol, todavía sin cargar, y las ramas desperdigadas por el suelo. Nunca más se supo de él ¡y de esto hacía más de veinte años! Así terminaba la historia la abuela, agregando que tal vez se lo habían comido los lobos, o se había fugado con otra mujer, o que se volvió loco y sigue vagando por el bosque. Las dudas que sembraba la abuela sobre el fin de este infortunado hombre, me parecían ridículas, pero nunca se lo dije, por respeto. De todos modos la creyese o no, debía obedecerla en cuanto a no adentrarme en el bosque. Aunque lo cierto era que el bosque me cautivaba. Sus árboles eran tan grandes que oscurecían el cielo, la hierba alta y los helechos, siempre verdes, desprendían un aroma a tierra y vegetación siempre húmeda, que casi se podía masticar. Nunca me adentré más allá del pequeño claro dónde está el laurel, o la pared que advertía del desnivel de dos metros al otro lado. A partir de allí los árboles se juntaban más y la maleza, arbustos y zarzas cubrían los senderos. Cuando la abuela necesitaba laurel para los guisos, o para quemar en el fuego durante las tormentas, la acompa- ñaba hasta allí. Con su pequeña hoz en la mano me recordaba a los antiguos druidas cortando hierbas para su poción. Mientras cortábamos las pequeñas ramas, entre risas y confidencias, uníamos nuestras vidas con el aroma del laurel. En ese otoño, el de mi dieciséis cumpleaños, la abuela me regaló la azucarera de cristal tallado, su preciado legado familiar, que yo guardé como un tesoro en mi armario. Soñando con dárselo a mi descendencia años después. Días después, mientras el bosque se encendía a la puesta de sol, con todos los matices de naranjas y amarillos, asomada en mi ventana, observé a la abuela, caminando hacía allí. Sus pies descendían ya por el camino de tierra, sin volverse en ningún momento hacía atrás. Sabía que no solía salir a esas horas al bosque, pero era una mujer inquieta, y si algo necesitaba, lo buscaba de inmediato. La seguí observando hasta que desapareció tras el primer árbol. Entonces agarré mi chaqueta y salí hacía el bosque. Los vecinos regresaban a casa, con el ganado sediento, apurándolos hacía el abrevadero. Me dirigí al camino de tierra que lleva al bosque. Cuando me acercaba comencé a llamarla, pero no obtuve respuesta. Sabía que había perdido algo de oído en este último año, así que avancé un poco más y volví a llamarla. Un montón de pájaros se levantaron asustados de los árboles, y se fueron volando. Me paré junto al primer árbol y volví a gritar su nombre, no contestó nadie. Avancé decidida hasta el claro mientras la llamaba insistente, cuando me acercaba, una sombra se movió muy rápido, entre los arbustos que rodean el laurel y desapareció. El miedo disparó los latidos de mi corazón. Me acordé de los lobos, y de las historias que contaba la abuela. Un nudo me oprimió la garganta, miré hacía atrás, pensando en regresar y esperarla en la carretera. Permanecí inmóvil unos instantes, sin saber qué hacer. Un sudor frío empapó mi piel, respiré profundamente y decidí avanzar un poco más. Con los ojos bien abiertos, y los oídos atentos di unos cuantos pasos más. Cuando llegué al claro la llamé de nuevo, pero ella no contestó. Entonces la divisé, estaba de pie inmóvil, de espaldas al laurel y con los ojos muy abiertos. Me acerqué hablándole, pero no se movió, entonces advertí que tenía dos dientes partidos colgando de la boca, con un hilillo de sangre resbalando por su barbilla. Sus ojos totalmente abiertos expresaban miedo, un miedo tan espantoso como el que sentía yo en ese momento. Paralizada, con la boca abierta, bajé la vista y advertí una mancha de sangre enorme, que ocupaba casi toda su blusa, a la altura del abdomen. Grité su nombre, esperando lo imposible, quizá aún quedara un pequeño hálito de vida que recuperar, una esperanza que mantener. No la toqué, mi mano temblorosa apenas pudo acercarse, cuando fui presa del pánico. Se mantenía de pié con la cabeza apoyada en el laurel, y los brazos le colgaban inermes. Grité y grité una y otra vez, mientras miraba en derredor, buscando los peligros que me acechaban mientras crecían las sombras entre los árboles. Grité con todas mis fuerzas hasta que varios vecinos se acercaron desde el pueblo. El horror asomaba a sus ojos mientras la observaban, mientras cerraban sus ojos que helaban la sangre. De su mano soltaron la pequeña hoz que asía todavía con fuerza. Una hoz manchada de sangre, hasta sus dedos, hasta el puño de su blusa. Nadie sabía cómo se sostenía en pie, hasta que alguien se metió por detrás y descubrió la rama que tenía incrustada en la espalda, y que llegaba hasta el abdomen. Santiguándose daban vueltas alrededor del cadáver hablando entre dientes del demonio. Vino más gente con linternas, y unas mantas. Recuerdo que alguien me agarraba e intentaba llevarme a casa. La soltaron de la rama que a modo de lanza, se le había incrustado en su pequeño cuerpo. La tendieron sobre las mantas y la envolvieron. Dos hombres la cargaron sobre sus hombros y la llevaron a su casa. No hubo autopsia. Cuando llegaron los de la funeraria, todos dijeron que había sido muerte natural. Así consta en el certificado de defunción. Por supuesto cuando la vieron, tenía ya los labios pegados, estaba limpia y vestida con ropa nueva. Sé que días después alguien encontró marcas de sangre en los troncos de los árboles, a una altura superior a la que dejaría cualquier animal. Pero nadie se aventuró a señalar la causa probable de su muerte. Después de su muerte, no volví al bosque, ni a la aldea. Me alejé lo más posible de ese lugar, sólo me llevé la azucarera de cristal tallado en mi escaso equipaje y una hoz pequeña, por si acaso. FIN Arrate Gallego A mi hija Silvia; treinta y cinco años después de aquella tarde. NEGRO COMO SUS OJOS Vertido en las sombras del alejamiento el momento se hace denso, implacable, continuo Así llega a mí, abierto, desgarrado, dividido. Voy buceando por la melancólica tarde de un tiempo arrancado Al encuentro voy de mi niña Al encuentro de su odio voy. Odio apercibido El doloroso y temido odio de mi propia sangre se vislumbra en su mirada enlutada Negro como sus ojos Odio infante Acorralado está el odio en su mirada párvula En un alejado rincón se refugia mi niña Mi niña del silencio Entre juegos y risas de otros silencios me muestra su odio En el patio de un internado de monjas me escupe su odio Confinado entre paredes extrañas su odio se torna interrogante Pregunta ¿por qué? Largo será el camino áspero, le digo Inflexible el viaje Habrá días... Sucederán días desesperados Horas que quedaran sin besos, sin caricias sin gestos. Con el odio a cuestas también se existe No sé si digo bien... Fuera y dentro de mí, las palabras arden La irremediable injusticia del comienzo diferente que hiere Que atenaza y que muerde La sociedad indiferente que grita alborotada y no sabe de silencios... La que ignora y amordaza al silencio muerde más que su odio Más me muerde... Tintinea una campana Sin tripas... Sin música... Muda campana que reclama su presencia y la aleja. Una danza de manos en el aire... Con el odio en sus ojos se mueve Adiós...Adiós... Hasta pronto mi niña... Y en mis ojos llueve Llueve a cántaros... Finalista en Poesía en el XI Certamen Literario Nacional de Relato y Poesía para Personas Mayores convocado en el marco de las XX Jornadas sobre Personas Mayores celebradas en Ibercaja Patio de la Infanta. Zaragoza 15 de mayo de 2008 "Mi pueblo, el Centro de Educación de Adultos, mi Aula y mis profesores" Debo decir que me encantó que Victoria, una de las dos profesoras del Centro de Educación de Adultos, apareciera en nuestra aula con varios folios en los que se nos daba a conocer a un grupo de profesores de Universidad que estaban valorando la actividad de los Centros de Personas Adultas de nuestra comunidad, y su deseo de disponer de redacciones o de pequeños ensayos relativos a un título que ya nos venía dado. Así pues, decidí que, al día siguiente, por la noche, me sentaría ante el ordenador. Sin embargo, la imaginación, más dinámica y rauda, decidió que ése era su momento: Es martes, 15 de abril del año en que, en el nuevo Gobierno de Zapatero se ha superado la cota de paridad. Son las siete y diez de la tarde en mi reloj, gris, de plástico. En el reloj de la torre de la iglesia de Santa María tintinean las siete y cuarto. Pocos minutos antes, Juan Bolea, el escritor, el maestro de novela de intriga, el padre de la subinspectora Martina de Santo, se ha incorporado, como nuevo profesor, en el taller de Creación Literaria que desde hace cuatro años se imparte en el CPEPA de mi pueblo. Pina de Ebro, mi pueblo: Describir a mi pueblo, hablar de él, es como atrapar el agua entre las manos o cerrar los ojos ante un cuadro de Goya. Lo que más sorprende de él es lo mucho que se parece a los otros, sobre todo en el compartir de sentimientos, de pasiones, de gozos y reconcomios de sus gentes. En mi pueblo, hay bares, tiendas, campo de fútbol, polígono industrial, farmacia, pabellón polideportivo, juzgado, banco y cajas de ahorro, plaza de toros, notaría, centro médico, registro de la propiedad, colegio público y colegio concertado, taller de cerámica, asociaciones culturales, grupo de folklore regional, centro de educación de adultos, banda y escuela de música, biblioteca, piscinas, coral, hogar del jubilado, servicios sociales, centro de juventud, ermita, iglesia con torre, torre sin iglesia y el convento franciscano de San Salvador, siglo XVI-XVII, en plena restauración, como una ciudad pequeña, aunque con más singularidad En mi pueblo, el Ebro, raudal majestuoso y paternal crea efectos sonoros en las riberas y custodia leyendas bajo sus aguas. En mi pueblo, largos caminos rodean la nueva huerta, hablando en dura quietud de los campos que quedaron herméticos y en silencio, bajo las máquinas de la transformación. En mi pueblo, la plaza es el alma, la seducción, el regocijo, el distintivo y el sello de identidad. En mi pueblo, la calle es un mundo grande con ventanas y puertas abiertas para el que llega, esperanza de un futuro feliz para todos. En mi pueblo, la arboleda nos preña de aliento, de vigor, de ánimo, de inspiración... Y, los chopos se contonean y se siente en el cuerpo su cálido abrazo. En mi pueblo, el monte se mece en brazos del labriego como un mar; agreste como un mar de tierra. Es un pueblo con los colores del mundo. Un pueblo esparcido. Un pueblo con el corazón en la mirada. Un pueblo amigo. Un pueblo de fragancias inéditas. Un pueblo magnífico y sencillo, divertido y sensible, ocurrente y auténtico: es todo lo que es Pina, mi pueblo. Un pueblo redondo y risueño, sí señor. El Centro de Educación de Adultos: Es una puerta principal. Me tomé la libertad de llamar. Espero que no le importe. Es lo menos que puedo hacer, después de todos los... -Por supuesto que no- contestó-. Se alegraba de que yo hubiera tomado la iniciativa. Cogió una hoja de papel y escribió mi nombre y el número telefónico. Después, sacó un programa de actividades. Te contaré algo. Estoy contenta. De hecho, ya no soy la misma. Simplemente, he encontrado la seguridad en mí misma, la satisfacción de lo mucho que he descubierto. Y lo que es más importante: me siento feliz Mi Aula: Es una fábrica de sueños con un balcón que da a la plaza, el espacio donde se araña al silencio. En el centro de la habitación hay una enorme mesa, hecha de mesas agrupadas más pequeñas, metálicas y verdes. A su alrededor, catorce sillas, también metálicas y también verdes. Y una pizarra verde sobre una de las paredes. Aquí no se obliga a nadie. Que cada uno elija las imaginaciones que quiera. Aquí huele a folio, a sangre azul de bolígrafo, a narración, a poesía, a ilusión. Aquí se palpa a Tolstói, a Dostoyevski, a Flaubert, a Chejov, a Borges, a Hemingway, a Cortázar, a...En cierto modo, estamos y vivimos en otro mundo. Mis Profesores: "Una mirada oportuna, una mano colaboradora, una cabeza sabia y discreta". Carmen y Victoria (Centro de Adultos), Ángela Labordeta, Miriam Reyes, Ismael Grasa, Daniel Gascón, Oscar Sipán, Ramón Acín, Manuel Vilas, Juan Bolea (Taller de Creación Literaria): "Creo en los individuos, en unas pocas personas esparcidas por todos los rincones- sean intelectuales o campesinos-; en ellos está la fuerza, aunque sean pocos" (Chéjov) Nombre Julia Gallego Pérez Sexo Mujer Edad 62 años (sin mentir) Estudios que realiza en el CPEPA Taller de creación Literaria. Se titula Sin hablar con nadie y la presentación es en una de las mejores librerías de Zaragoza: en Los portadores de sueños (título de un poema de Gioconda Belli que leí un día en el taller si os acordáis). Para los de Pina el problema está en que se presenta el primer día de fiestas, el viernes 9 de mayo a las 20h. Nos vemos el martes. JOSÉ MANUEL GONZÁLEZ A continuación os transcribo una entrevista, publicada en la Web de ocio joven, a Juan Bolea, no está muy actualizada pues falta su última novela "Crímenes para una exposición", pero os puede dar una idea de nuestro nuevo profesor de literatura creativa. Juan Bolea nació en Cádiz en 1959. Licenciado en Geografía e Historia y antiguo concejal de cultura del ayuntamiento de Zaragoza, es miembro de la Asociación Aragonesa de Escritores, periodista y columnista del Periódico de Aragón, dónde publica su propia sección “Sala de máquinas”. Busco la verdad navegando por las horas El tiempo mata el presente y pronto formaremos parte del pasado Moriremos lentamente, navegante pirata de un mar intoxicado Busco las olas del mar, errante incomodado El olor a muerto se mete por todos los rincones del barco Entre pescado podrido se abre paso el casco Y atraído por la sangre el tiburón infatigable devora sin control No habrá nadie que lo pare Vomito por el olor que desprende este mar muerto Pasa el tiempo y se llevará la vida Se abre paso el barco dejando la muerte entre babor y estribor Brújula, timonel y rumbo fijo Prende la pólvora que pone el cañón al rojo vivo Hoy es menguante pero con las estrellas me oriento Aliado de la nada surco las olas del tiempo Remo y quemo estiércol y carbón Suena el cañón a cada paso Sueña el tiburón que soy pescado Frío y vacío, con los ojos en blanco Alas de papel (Al maestro. A Manuel Vilas) Julia Gallego Pérez Ven mi joven poeta, espectador sin márgenes ni marginaciones, y llégate hasta la mágica hora de mi noche impúdica. Y siéntate. No a cualesquiera de mis costados no; si no de frente, como se contempla el horizonte y la hoguera llameante. Ahora estoy desnuda. Una mujer mediocre expuesta, mostrada, descubierta. El alma herida y el tiempo vagando por el cuerpo es lo que verán tus ojos de voyeur y tus oídos de tísico. Y verás meter la vida del pobre imitador de juglar en un folio. Voy y vengo, ahora, con mis heridas de mujer adulta abiertas, entre la inercia de toda tu actividad, ante tu discreto encantamiento. Un sillón negro de cuero sintético no tiene mucho que ver, tan solo es un hueco donde posar lo corporal. Para la conformación de nuevos fragmentos de existencia me es precisa la ventana indiscreta de la noche. Y es, ahí, en el ardiente paso de la anochecida y bajo el clamor de los ánimos desbocados, fuera ya de los largos mutismos de la monotonía y la reiteración, de los rugidos delirantes del suicidio colectivo, donde la inmensidad oceánica de la literatura se despliega ante la penumbra gris y amarga de mi otoño. Observa lo que hay. Siente cómo emergen las palabras. Cómo respiran. Cómo me inundan los ojos. Cómo tiemblan. Son como brotes tiernos y jugosos de una primavera cálida. Un misterio en marcha que comienza. ¿Qué soy, en este momento, quién soy? Soy el cuerpo que ya comienza a no ser. Ya no soy mi inseguridad ni mi silencio. No soy ya mi resignación. Ni mi dolor. Ni mi muerte. La mujer invisible que duerme en la conformidad y es cobarde está agonizando. Ahora pues, te ruego que retornes. El lugar de la gloria literaria te espera. ¿No escuchas como las mariposas de la inspiración despliegan sus alas? Hasta mis sentidos llega el suave murmullo de su aleteo. Cuándo llegues a ellas, en la suavidad silenciosa y grande de su infinito, háblales de la insignificancia del insecto, de la crisálida inmutable que no alcanzará su metamorfosis, que no verá crecer nunca sus alas. Muéstrales la fronda espinosa de su particularidad. Ella, mi otro yo, mientras, chupará la sangre azul para calmar su sed. Y fabricará un par de alas de papel. Nada más. |