TALLER DE CREACIÓN LITERARIA DE PINA DE EBRO pinaescribe@gmail.com |
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Mañana (Cuento) Por Julia Gallego Pérez Era aquel un pueblo olvidado formado por una calle de piedras, unas cuantas casas esparcidas y un destartalado apeadero. Y allí, en un viejo banco de madera, frente a los raíles oxidados de una vía férrea, se sentaba la niña Margarita. Y, cada tarde, justo antes de las cuatro, Margarita le hacía a su madre la misma pregunta: - Madre. ¿Cuándo seré mayor? -Mañana, hija, mañana- respondía la madre. Después, Margarita descendía los dos tramos de escaleras y salía por la puerta que daba a la calle de piedras. El apeadero estaba a sólo cinco minutos de allí. Margarita recorría el primer tramo con paso tranquilo y cuando llegaba a los últimos metros corría como alma que lleva el diablo. Luego se dirigía inquieta hacia el banco y se sentaba. Margarita miraba la hierba que crecía junto a las traviesas, luego a los postes, donde sobre la punta había algunos gorriones. A medida que llegaba a los últimos momentos, su frente comenzaba a gotear. Entonces Margarita se limpiaba cuidadosamente el agua con un pañuelo de papel y lo dejaba caer fuera, sobre el borde resquebrajado del banco. Comprobaba su pulso, primero en su cuello, luego en su muñeca. El corazón le latía como un caballo desbocado. Era la señal. Y Margarita cambiaba de postura. Un momento después, el tren aparecía y emitía profundos y sonoros pitidos que tenían que ser de complacencia. Hacía una interpretación similar de un padre que llama a su hija que está al otro lado, en la acera de enfrente. -¡Oh, Dios mío! ¡Dios mío!- exclamaba, en ese momento, echando a correr hacia él. -¡Soy yo! ¡Margarita! Luego hacía una pausa, alzaba la mano meciéndola de un lado para otro y clavaba sus ojos oscuros y penetrantes en la retahíla de ventanillas que se descubría ante ella. Y aquellas personas, la mayoría adultas, pasaban frente a ella y le ofrecían una vista perfecta de la vitalidad. Y aunque no podía ver su expresión ni podía escuchar nada de lo que decían, ella deseaba profundamente estar allí dentro con ellas, en lugar de aquí afuera, cansada. Después, cuando la última coletilla del tren se perdía en la curva, Margarita alargaba las manos y cerraba los ojos. Palpaba las formas, las caras, las vibraciones que todavía permanecían aferradas al aire. Y el pensamiento de haberlas perdido le hacía daño. Cuando abría los ojos, todo había cambiado. Era hora de volver a casa. La llegada a casa significaba la llegada al reposo, a las píldoras, a los silencios. Era muy extraño, desde que volviera del hospital la niña Margarita fue muy precisa y definida en sus expectativas. Ya no quería ser maestra de escuela ni una estrella famosa, como antes, no, ahora Margarita solo quería ser mayor. Todos se preguntaban qué había ocurrido. Solo su madre sabía. Pero la furia, el dolor y la frustración que la embargaban le impedían hablar con claridad. "Faltan palabras a la lengua para los sentimientos del alma" (Fray Luis de León) Para que conozcais algo de nuestro próximo profesor del taller os posteo lo que he encontrado en la wikipedia- José Manuel José Ramón Giménez Corbatón (Zaragoza, 1952) es un novelista y profesor español. Hijo de una familia de Ladruñán (Teruel), pasó toda su infancia en Zaragoza, ciudad que le vio crecer, en la zona del actual distrito de la Almozara, pero sin dejar de lado los parajes de Gúdar. Este contacto con la postguerra turolense hizo que las masadas se convirtieran en una constante en su obra literaria. Licenciado en filología francesa por la Universidad de Zaragoza; dedicó su tesina doctoral en 1980 a Petrus Borel (1809-1859). Fue profesor de castellano en Bayona (Francia) en 1976/77, y también en la Universidad de Poitiers hasta 1980. En 1982 su relato Ave de Presa obtuvo un accésit en el Concurso Ciudad de Zaragoza (convocado por el Ayuntamiento de Zaragoza). Continuó como profesor en un centro de enseñanza cerca de El Vendrell (Tarragona) desde 1981 hasta 2001, para luego trabajar de profesor de historia y literatura en el Instituto de Educación Secundaria Élaios, en la ciudad de Zaragoza. Ha escrito los libros El fragor del agua (1993), Tampoco esta vez dirán nada (1997), La fábrica de huesos (1999), El hongo de Durero (2001) yLicantropía. Itinerario de una novela (2008). Participó en los volúmenes colectivos Nuevas aventuras de Simbad el marino (1996), Homenaje a Casanova (1998) y Los hijos del Cierzo: Escritores aragoneses de hoy (1998). Ha colaborado con el fotógrafo Pedro Pérez Esteban en varias ocasiones en los libros Cambriles (en colaboración con el Gobierno de Aragón a través del programa "Amarga Memoria"), Masada Signos o Un viaje por la sierra de Gúdar. También publicó cuentos en las revistas Rolde, Laberintos, La expedición, Viento Sur, Trébede, La Duda, La Magia de Aragón y Turia. Tiene publicados artículos y críticas literarias en Artes & Letras, sección del periódico Heraldo de Aragón y en el Diario de Teruel; además sigue colaborando con la revista Quimera. Algunas de sus colaboraciones más relevantes son No se fusila en domingo, Triste, No se lo leas nunca, por favor, Orgasmo,Una mariposa de acero, Crespol: Mito y ausencia o Sin fecha de caducidad. Hizo un breve debut como poeta con Diecinueve poemas en Riff-Raff: Revista de Pensamiento y Cultura. Entre otros trabajos, también ha traducido literatura francesa del siglo XIX a nuestro idioma: Aragón visto por un francés durante la I Guerra Carlista (de Gustave d’Alaux) en 1985, Tres textos de Petrus Borel en 1986, El obrero español (Aragón) (de Jacques Valdour) en 1988,Pirineístas franceses en el año 2000, y El crimen de los padres (de Michel del Castillo) en 2005; por la cual, ésta última, fue seleccionado para el Premio Nacional de Traducción 2006. Sus libros se encuentran dentro de la red de bibliotecas del Instituto Cervantes. Se le atribuye haber encontrado el testimonio del último superviviente de la sociedad secreta La Cueva (originaria de la Guerra Civil española). El CEMAT (Centro de Estudios del Maestrazgo Turolense) lo incluyó dentro del libro Mases y masoveros (2005) con el artículo El más, ámbito y objeto de la narración literaria. Como escritor y profesor, ha participado en distintos programas de apoyo, como el Programa de Invitación a la Lectura del Departamento de Educación y Ciencia del Gobierno de Aragón (1994/95), por el que han pasado escritores como Arturo Pérez-Reverte, José Saramago o Rosa Regàs. Jorge El médico examinó detenidamente el resultado de los análisis. Cuando terminó, los dejó sobre la mesa, se recostó en el sillón y se dirigió a Jorge. -Esto confirma lo que pensaba en un principio. A usted no le ocurre nada…. ¿comprende..?. Así es que no se preocupe y haga su vida normal. -¿Entonces…? -Mire,-le interrumpió-, la mente tiene un gran poder sobre el organismo y estoy convencido e que todo es producto de su imaginación… Los resultados de las pruebas que le he mandado son excelentes.., sin duda entro de algún tiempo se le pasará…Se va a tomar- y empezó a escribir en una receta- esto… Es un complejo vitamínico…, y sobre todo, procure pasear y distraerse…. Jorge cogió la receta que el médico le tendía y se levantó de la silla. -Muchas gracias, doctor, y.. adiós. Cuando salió a la calle anochecía. Busco una farmacia y, sin mucho convencimiento, compró la medicina. Era el cuarto médico que visitaba y todos habían coincidido en lo mismo,.. su estado de salud era perfecto. Entonces-pensaba-,¿porqué aquel cansancio?. Era cierto que no había perdido la alegría, incluso sentía una gran paz interior, pero es que el mero hecho de poner los pies en el suelo, cada mañana, le suponía un gran esfuerzo y cuando llegaba a casa a las tres y media de la tarde, lo único que le apetecía era sentarse en un sillón y dormir. Le había contado a su mujer lo que el creía que era el motivo de su tremendo cansancio; y Lola, después de escucharle pacientemente, le había contestado entre carcajadas…”Pero si te he observado por las noches…, y duermes como un bebé feliz.., incluso sonríes y todo…” Después llevándose un dedo a la sien, apuntando la posibilidad de que estuviera loco, había dado por terminada la conversación. Haciendo estas reflexiones, llegó a su casa arrastrando los pies… -¡Hola Jorge, ¿eres tú?.. -Si, Lola -¿Qué te ha dicho el médico? -Nada, lo de siempre, que mi salud es perfecta y que debe ser algo psicológico.. Me ha mandado… -¡Vitaminas!, ¿a que sí? -Eso mismo. -Bueno, pues entonces no te preocupes. Anda, ayúdame a poner la mesa que vamos a cenar.¿Tienes hambre?... -Si, de cama. Lola, perdona que no te ayude, pero estoy hecho polvo.., si no te importa te espero sentado en un sillón del comedor. No es posible que esté tan cansado-pensaba-.¡Pero, si anoche, igual que todas las noches, me metí en la cama a las diez!, y me levanto a las siete y media…¡Son nueve horas! y, además duermo bien… Cuando llegó su mujer con la cena, tuvo que despertarlo. Andaba adormilado con el “soniquete” de la televisión. Después, sin apenas probar bocado, dijo que se iba a la cama… …………………………………………………… Por la mañana, de camino al banco, iba dándole vueltas a lo mismo… El trabajo es cómodo-se decía-. Algunos nervios, sobre todo cuando se juntaba mucha cola delante de la ventanilla y los clientes miraban impacientes el reloj, pero vamos… tampoco es para tanto, y además por la tarde no trabajo… Pasó la mañana bostezando. A medio día, cuando llegó a casa, comió y después de un pestañeo en el sillón, salió con su mujer a dar una vuelta por la ciudad, a ver escaparates. Volvió roto y después de cenar se acostó. Buscaba la cama como un naufrago su tabla. Durmió, durante toda la noche, de un tirón y por la mañana cuando se levantó y se metió en el cuarto de baño para asearse y marcharse a la oficina, lo comprendió todo…. El sueño, de nuevo se había repetido. Había soñado que era capaz de volar. La sensación era algo indescriptible… remontaba el vuelo y sentía el aire fresco en la cara…, luego planeando bajaba hasta pararse en el pico del tejado y desde allí, suavemente …., al suelo. Esta vez, en su sueño. Incluso había enseñado a volar a la gente. Habían venido periodistas que insistían en que eso de volar era imposible.. y el, pacientemente, se lo había explicado y demostrado. -Por favor, ¿podría hacerme una demostración? -Si,.. miren.., es muy sencillo. Solamente hay que echar a andar..¿ven?.., luego cogen un poco de “carrerilla”, y hacen así con los brazos, y cuando noten una pequeña resistencia en el pecho y que el corazón late un poquito más aprisa.., se dejan llevar y ..¡ levantan el vuelo !.. ¿ven que fácil?... …Y pasaba por encima de los árboles, y veía las casas debajo.., y salía al campo, y se cruzaba con una bandada de patos…. -¡Eh, ustedes, los de allá abajo!...¿Ven que fácil es?. Recuerden- y les gritaba- Una pequeña resistencia en el pecho y cuando el corazón lata un poquito mas aprisa… entonces…..¡¡¡Arriba!!! …¡Así, así ! –insistía- ¿Ve usted como no era tan difícil?... -Es verdad,- gritaba un periodista que había conseguido levantar los pies del suelo y se acercaba peligrosamente al anuncio luminoso de una peluquería, en una segunda planta. -¡ Tenga cuidado! – le había voceado a otro que, mas habilidoso que su colega, volaba por allí.., a mas de doscientos metros de altura….- ¡Que por ahí anda la bandada! …………………………………………………… Ahora, delante del espejo, tenía la prueba. Entre su ensortijada barba una pluma de ánade real, azul brillante y otra marrón, sin duda del pecho del animal.., eran la prueba… Y se rió a carcajadas imaginando cuántas no habría en el pelo, largo y negro del periodista novato.., y como estaría el pobre, después de toda una noche volando,… ¡¡¡y sin estar entrenado….!!! © Isidro Martínez. 1996 web:isidromartinez.es Solo queda, de tu voz, el eco de un suspiro hecho plegaria recorriendo el Universo... Y leyendas de una corona de espinas, de los clavos, la lanzada y el madero... y un roto en el alma de tu padre profundo como un agujero negro... ..y silencio..., doloroso silencio... Mientras llueve soledad y se cala el corazón hasta los huesos... solo se oyen las voces de la desesperanza, de la injusticia y el miedo.. y la de aquellos que te hacen, sin tu querer, testaferro, y se reparten el mundo creyendo que este es tu reino.... No miro para otro lado,... amo, callo y espero.. y trato de no pensar que tal vez te dá igual, que no volverás jamás, que te has ido, que estoy loco... o que has muerto..... ..por favor, "dame una perdida", para saber que no es cierto... ©isidromartinez. Octubre2008 web:isidromartinez.es ELISA Elisa era especial y ella lo sabía, había caminado entre la muerte desde que era una niña. Desde aquél día en que la miró a los ojos, en su propia casa, cuando esta se iba llevándose lo que más quería. Sintió helarse la sangre en sus venas, cuando la muerte pasó a su lado. Un escalofrío recorrió la piel de todo su cuerpo. Pero Elisa, criatura inocente, no entendió quién era la muerte, ni sospechó que nunca devolvía lo que se llevaba. Y esta vez se había llevado a su padre. Desolada se sentó en la vieja escalera de piedra hasta la noche. Su vecina, una solterona arrugada y nariguda la cogió de la mano, la apretó muy fuerte, y en silencio, se la llevó a su casa. Sintió esa noche una tristeza en su ser como nunca antes; no durmió ni comió en dos días, hasta que su casa se quedó vacía, y el silencio invadió cada rincón , y cada ser que allí vivía. Pasó un tiempo sin que volviera a soñar, incluso pensó que la muerte se había llevado sus sueños para siempre. El color negro invadió su casa, sus ropas y atrapó la alegría entre sus sombras. Cerró las bocas a toda risa, mutiló las manos que daban caricias, y llenó los corazones con el gélido invierno. Un tiempo después, mientras jugaba en el jardín con su mejor amigo, al lado de la casa de este, Elisa la volvió a ver. La muerte estaba apoyada en una esquina del balcón, como si estuviera esperando. Elisa se asustó, subió las escaleras de la casa y corrió a la alcoba donde estaba acostada muy enferma, la madre de su amigo. Sintió miedo, y tristeza, tanta que no podía hablar. Salió por la puerta de la cocina y sin despedirse se fue a su casa. De madrugada su madre la despertó para contarle que la madre de su mejor amigo había muerto. Pero Elisa ya lo sabía, sabía que aquella era quién se había llevado a su padre. Por eso dormía encogida y helada…pero no dijo nada. El día siguiente se lo pasó sentada en su escalera de piedra, abrazada a su muñeca de trapo con la mira_ da perdida. La muerte se llevó también al bebé de Marisa, a los pocos días de nacer. Su pequeño ataúd blanco. Las flores, invadiendo cada rincón de la casa, llenando el espacio de un aroma denso. La estrecha repisa de la tumba dónde lo deja- ron. Todo ello se quedó grabado en su mente con dolor. Cuando su abuelo enfermó, Elisa se sentó a su lado. Mirando de vez en cuando hacia la escalera, inquieta. La descubrió acercándose hasta la puerta. Se levantó y se puso en medio de la habitación. –Esta vez no te lo llevas. –Dijo Elisa. -Ahora no. - ¡Vete! Miró a su abuelo un instante y luego a la muerte, pero esta se estaba alejando por la escalera. El abuelo mejoró, e incluso volvió a sentarse en su silla para tomar el sol. Pero ella sabía que eso no significaba una victoria, tan sólo era un aplazamiento. La muerte volvería como siempre. De mirada triste y corazón alegre, Elisa intentaba ser una niña como las demás. Jugando cada tarde con sus amigos, olvidaba entre risas sus encuentros. Guardaba su secreto celosamente, y nunca nadie, ni Fina, su mejor amiga, sospechaba nada de ella. Sin embargo el dolor asomaba a sus ojos a menudo, y buscaba la soledad para llorar, sin entender. En uno de esos días en que la lluvia se derrama pesadamente sobre los campos, Elisa pensó que ya estaba cansada de visitar cementerios, de contemplar llantos y separaciones. Cansada de ver a la muerte pasando a su lado sin poder hacer nada, dejando desolación en cada hogar. Y siguió pensando que no quería continuar así y que la mejor manera de acabar era: siendo su próxima presa. La idea surgió furtiva, casi inapreciable, pero fue tomando forma con el paso de los días. La almohada daba forma a la manera de poner un punto final. Sólo restaba un último encuentro, y curiosamente, empezó a sentir un asomo de alegría que invadía su cuerpo, una paz ansiada por tanto tiempo que le parecía irreal, anómalo sentirla. Y tomó la decisión. Tenía doce años, no eran muchos, pero le parecían demasiados para haber visto a la muerte tantas veces cerca. Una tarde gris, se encaminó a la laguna, situada a las afueras del pueblo. No le gustaba ir allí, pues muchos usaban los alrededores para tirar escombros y basura. Hacía un poco de frío y las hojas de los árboles sonaban con el viento. Miró a su alrededor, no había nadie. Se quitó las zapatillas, y las dejó juntas al lado de una piedra grande, y caminó descalza hasta el agua. Sintió frío cuando sus pies se mojaron, y se paró un instante hasta acostumbrarse a la temperatura. Luego siguió andando, hasta que el agua le cubrió las rodillas, la cintura, el pecho…hasta que se hundió. No intentó nadar, aguantó la respiración y cerró los ojos. Entonces, algo le agarró la mano, sobresaltada abrió los ojos, y allí estaba, pálida e inexpresiva. La muerte estaba enfrente, mirándola. Esta se acercó a su rostro y le dijo: - Elisa, no es tu momento, vive, olvida, sueña, ya nos encontraremos… Cuando Elisa abrió los ojos de nuevo, el cielo azul fue lo primero que miró. Se incorporó despacio, estaba acostada en el suelo empapada, temblando. No sabía cómo había llegado hasta allí, miró a su alrededor asustada, pero no pudo ver a nadie. Miró hacía el agua, estaba tranquila, pero un escalofrío recorrió su cuerpo al recordar. Se incorporó, se calzó las zapatillas y caminó despacio en dirección a su casa. Una frase acudía insistentemente a su mente: no es tu momento, no es tu momento… FIN Arrate Gallego Hola a tod@s: Ayer en la reunión del taller con las coordinadoras de la escuela de adultos decidimos editar un nuevo libro que recopile nuestros trabajos de los cursos 2006-2007 y 2007-2008, para ello necesitamos que mandeis los relatos y poemas a la dirección que acabo de crear para el e taller pinaescribe@gmail.com Con los trabajos que mandeis haremos una selección, para ello nos reuniremos en adultos cuando los tengamos todos. Escribiendo esto se me ha ocurrido que podíamos incluir una fotografía de cada uno de nosotros para ilustrar los relatos y poemas. Espero vuestras aportaciones. José Manuel FRASE ______ Ana María Rocañín El enfermero empujando la silla de ruedas entró en la sala de espera y la aparcó.- ¡Uy, me castiga de cara a la pared! –dijo la señora que ocupaba el cómodo vehículo.- Lo siento, ya le doy la vuelta- Y con la habilidad de un experto conductor la alineo con el resto de los asientos ocupados por los pacientes enfermos del servicio de urgencias.- ¡Hay días que una no debería salir de casa!- continúo la señora del bolso dorado – Iba por la acera y como estaban bajando a un señor con camilla en un portal, al ir a rodearlo, me he resbalado en el piso mojado y me he caído cuan larga soy. Así que en la misma ambulancia me han traído a la clínica. - Buenos días - interrumpió una señora que entraba con sus dos hijas, cojeando ligeramente de la pierna derecha.- Buenos días, ¿qué señora, usted también se ha hecho daño en el pie?- ¡Qué va! Treinta años trabajando sin coger ni unas anginas y desde que me he jubilado no paro de visitar hospitales. Llevo un mes con una cíatica a esta pierna, horrible y hoy cuando iba a las corrientes, al bajar un bordillo me ha fallado el pie y me he ido para abajo y como me he apoyado con esta mano, no sé que me he hecho en la muñeca que me duele muchísimo. Y ahora tengo mal la pierna y el brazo. ¡Si es que hay días en los que una no debería de salir de casa! Entrando, el marido de la señora del bolso dorado que venía de la cafetería le dice: - ¿ A qué no sabes a quién acabo de ver entrar? A Diogo, el futbolista del Zaragoza que se ha lesionado entrenando. ¡Ahora no podrá jugar el partido del jueves! ¡Hay que ver con lo que cobran y que flojos que son! Al cuarto de hora atravesó el pasillo un joven espigado muy serio con la muñeca vendada, acompañado de una despampanante morena de melena ondulada subida en unos altos tacones.-Mira, estos no han tenido que esperar- comento una de las hijas. Tras un buen rato la sala fue quedándose vacía y todos medianamente apañados regresaron a sus casas que por lo visto es donde mejor se está. EL BOSQUE La abuela Carmen vestía siempre de negro. Su silueta pequeña y menuda se dejaba ver en todas partes. Era una mujer activa, nerviosa. Se pasaba el día recorriendo las parcelas de su propiedad que aún cultivaba, alrededor de la pequeña aldea en la que vivíamos. Nuestras casas estaban adosadas la una a la otra, de manera que nuestras vidas se entrelazaban a diario, en pequeñas rutinas o mandados que siempre hacía para ella. En las tardes de verano, a la hora de la siesta, cuando el calor adormece los sentidos, me iba a su casa para que me contara historias. Sentadas en su vieja cama de madera, sin su pañuelo negro cubriendo su cabeza, parecía otra persona. Su piel era blanca, inmaculada, como el algodón. Sin bello, sin pecas ni imperfecciones, sin que estuviera expuesta al sol ni una sola vez durante años. Parecía a mis ojos una ninfa, un hada de cabellos blancos y largos, que me protegería siempre, y a quien sólo le faltaban las alas para echar a volar. Siempre se reía de mis ensueños, ella, que ni siquiera sabía leer, ni tenía un solo libro en su casa, y a quien nunca le habían contado un cuento de hadas. A ella le gustaba contar historias de muertos, de casos de desaparecidos, siempre mezclados con la superstición, aseverando que eran del todo ciertas. Le gustaba hablar de lobos, de cómo se comieron a dos bebés. De la señora Juana, a quien habían enterrado viva… Pero sin duda la que más le gustaba era la de Lucas, el leñador. Este buen hombre salía al bosque a cortar leña para venderla, se llevaba su mula bien enalbardada, y la cargaba con troncos y ramas que luego llevaba a casa. Hombre de talante reservado, huraño a veces, pero muy trabajador. Sucedió que en uno de esos días húmedos de otoño, Lucas no regresó por la tarde a su casa. Familiares y vecinos iniciaron una búsqueda por el bosque durante varios días. Pero lo único que hallaron fue a su mula atada a un árbol, todavía sin cargar, y las ramas desperdigadas por el suelo. Nunca más se supo de él ¡y de esto hacía más de veinte años! Así terminaba la historia la abuela, agregando que tal vez se lo habían comido los lobos, o se había fugado con otra mujer, o que se volvió loco y sigue vagando por el bosque. Las dudas que sembraba la abuela sobre el fin de este infortunado hombre, me parecían ridículas, pero nunca se lo dije, por respeto. De todos modos la creyese o no, debía obedecerla en cuanto a no adentrarme en el bosque. Aunque lo cierto era que el bosque me cautivaba. Sus árboles eran tan grandes que oscurecían el cielo, la hierba alta y los helechos, siempre verdes, desprendían un aroma a tierra y vegetación siempre húmeda, que casi se podía masticar. Nunca me adentré más allá del pequeño claro dónde está el laurel, o la pared que advertía del desnivel de dos metros al otro lado. A partir de allí los árboles se juntaban más y la maleza, arbustos y zarzas cubrían los senderos. Cuando la abuela necesitaba laurel para los guisos, o para quemar en el fuego durante las tormentas, la acompa- ñaba hasta allí. Con su pequeña hoz en la mano me recordaba a los antiguos druidas cortando hierbas para su poción. Mientras cortábamos las pequeñas ramas, entre risas y confidencias, uníamos nuestras vidas con el aroma del laurel. En ese otoño, el de mi dieciséis cumpleaños, la abuela me regaló la azucarera de cristal tallado, su preciado legado familiar, que yo guardé como un tesoro en mi armario. Soñando con dárselo a mi descendencia años después. Días después, mientras el bosque se encendía a la puesta de sol, con todos los matices de naranjas y amarillos, asomada en mi ventana, observé a la abuela, caminando hacía allí. Sus pies descendían ya por el camino de tierra, sin volverse en ningún momento hacía atrás. Sabía que no solía salir a esas horas al bosque, pero era una mujer inquieta, y si algo necesitaba, lo buscaba de inmediato. La seguí observando hasta que desapareció tras el primer árbol. Entonces agarré mi chaqueta y salí hacía el bosque. Los vecinos regresaban a casa, con el ganado sediento, apurándolos hacía el abrevadero. Me dirigí al camino de tierra que lleva al bosque. Cuando me acercaba comencé a llamarla, pero no obtuve respuesta. Sabía que había perdido algo de oído en este último año, así que avancé un poco más y volví a llamarla. Un montón de pájaros se levantaron asustados de los árboles, y se fueron volando. Me paré junto al primer árbol y volví a gritar su nombre, no contestó nadie. Avancé decidida hasta el claro mientras la llamaba insistente, cuando me acercaba, una sombra se movió muy rápido, entre los arbustos que rodean el laurel y desapareció. El miedo disparó los latidos de mi corazón. Me acordé de los lobos, y de las historias que contaba la abuela. Un nudo me oprimió la garganta, miré hacía atrás, pensando en regresar y esperarla en la carretera. Permanecí inmóvil unos instantes, sin saber qué hacer. Un sudor frío empapó mi piel, respiré profundamente y decidí avanzar un poco más. Con los ojos bien abiertos, y los oídos atentos di unos cuantos pasos más. Cuando llegué al claro la llamé de nuevo, pero ella no contestó. Entonces la divisé, estaba de pie inmóvil, de espaldas al laurel y con los ojos muy abiertos. Me acerqué hablándole, pero no se movió, entonces advertí que tenía dos dientes partidos colgando de la boca, con un hilillo de sangre resbalando por su barbilla. Sus ojos totalmente abiertos expresaban miedo, un miedo tan espantoso como el que sentía yo en ese momento. Paralizada, con la boca abierta, bajé la vista y advertí una mancha de sangre enorme, que ocupaba casi toda su blusa, a la altura del abdomen. Grité su nombre, esperando lo imposible, quizá aún quedara un pequeño hálito de vida que recuperar, una esperanza que mantener. No la toqué, mi mano temblorosa apenas pudo acercarse, cuando fui presa del pánico. Se mantenía de pié con la cabeza apoyada en el laurel, y los brazos le colgaban inermes. Grité y grité una y otra vez, mientras miraba en derredor, buscando los peligros que me acechaban mientras crecían las sombras entre los árboles. Grité con todas mis fuerzas hasta que varios vecinos se acercaron desde el pueblo. El horror asomaba a sus ojos mientras la observaban, mientras cerraban sus ojos que helaban la sangre. De su mano soltaron la pequeña hoz que asía todavía con fuerza. Una hoz manchada de sangre, hasta sus dedos, hasta el puño de su blusa. Nadie sabía cómo se sostenía en pie, hasta que alguien se metió por detrás y descubrió la rama que tenía incrustada en la espalda, y que llegaba hasta el abdomen. Santiguándose daban vueltas alrededor del cadáver hablando entre dientes del demonio. Vino más gente con linternas, y unas mantas. Recuerdo que alguien me agarraba e intentaba llevarme a casa. La soltaron de la rama que a modo de lanza, se le había incrustado en su pequeño cuerpo. La tendieron sobre las mantas y la envolvieron. Dos hombres la cargaron sobre sus hombros y la llevaron a su casa. No hubo autopsia. Cuando llegaron los de la funeraria, todos dijeron que había sido muerte natural. Así consta en el certificado de defunción. Por supuesto cuando la vieron, tenía ya los labios pegados, estaba limpia y vestida con ropa nueva. Sé que días después alguien encontró marcas de sangre en los troncos de los árboles, a una altura superior a la que dejaría cualquier animal. Pero nadie se aventuró a señalar la causa probable de su muerte. Después de su muerte, no volví al bosque, ni a la aldea. Me alejé lo más posible de ese lugar, sólo me llevé la azucarera de cristal tallado en mi escaso equipaje y una hoz pequeña, por si acaso. FIN Arrate Gallego A mi hija Silvia; treinta y cinco años después de aquella tarde. NEGRO COMO SUS OJOS Vertido en las sombras del alejamiento el momento se hace denso, implacable, continuo Así llega a mí, abierto, desgarrado, dividido. Voy buceando por la melancólica tarde de un tiempo arrancado Al encuentro voy de mi niña Al encuentro de su odio voy. Odio apercibido El doloroso y temido odio de mi propia sangre se vislumbra en su mirada enlutada Negro como sus ojos Odio infante Acorralado está el odio en su mirada párvula En un alejado rincón se refugia mi niña Mi niña del silencio Entre juegos y risas de otros silencios me muestra su odio En el patio de un internado de monjas me escupe su odio Confinado entre paredes extrañas su odio se torna interrogante Pregunta ¿por qué? Largo será el camino áspero, le digo Inflexible el viaje Habrá días... Sucederán días desesperados Horas que quedaran sin besos, sin caricias sin gestos. Con el odio a cuestas también se existe No sé si digo bien... Fuera y dentro de mí, las palabras arden La irremediable injusticia del comienzo diferente que hiere Que atenaza y que muerde La sociedad indiferente que grita alborotada y no sabe de silencios... La que ignora y amordaza al silencio muerde más que su odio Más me muerde... Tintinea una campana Sin tripas... Sin música... Muda campana que reclama su presencia y la aleja. Una danza de manos en el aire... Con el odio en sus ojos se mueve Adiós...Adiós... Hasta pronto mi niña... Y en mis ojos llueve Llueve a cántaros... Finalista en Poesía en el XI Certamen Literario Nacional de Relato y Poesía para Personas Mayores convocado en el marco de las XX Jornadas sobre Personas Mayores celebradas en Ibercaja Patio de la Infanta. Zaragoza 15 de mayo de 2008 "Mi pueblo, el Centro de Educación de Adultos, mi Aula y mis profesores" Debo decir que me encantó que Victoria, una de las dos profesoras del Centro de Educación de Adultos, apareciera en nuestra aula con varios folios en los que se nos daba a conocer a un grupo de profesores de Universidad que estaban valorando la actividad de los Centros de Personas Adultas de nuestra comunidad, y su deseo de disponer de redacciones o de pequeños ensayos relativos a un título que ya nos venía dado. Así pues, decidí que, al día siguiente, por la noche, me sentaría ante el ordenador. Sin embargo, la imaginación, más dinámica y rauda, decidió que ése era su momento: Es martes, 15 de abril del año en que, en el nuevo Gobierno de Zapatero se ha superado la cota de paridad. Son las siete y diez de la tarde en mi reloj, gris, de plástico. En el reloj de la torre de la iglesia de Santa María tintinean las siete y cuarto. Pocos minutos antes, Juan Bolea, el escritor, el maestro de novela de intriga, el padre de la subinspectora Martina de Santo, se ha incorporado, como nuevo profesor, en el taller de Creación Literaria que desde hace cuatro años se imparte en el CPEPA de mi pueblo. Pina de Ebro, mi pueblo: Describir a mi pueblo, hablar de él, es como atrapar el agua entre las manos o cerrar los ojos ante un cuadro de Goya. Lo que más sorprende de él es lo mucho que se parece a los otros, sobre todo en el compartir de sentimientos, de pasiones, de gozos y reconcomios de sus gentes. En mi pueblo, hay bares, tiendas, campo de fútbol, polígono industrial, farmacia, pabellón polideportivo, juzgado, banco y cajas de ahorro, plaza de toros, notaría, centro médico, registro de la propiedad, colegio público y colegio concertado, taller de cerámica, asociaciones culturales, grupo de folklore regional, centro de educación de adultos, banda y escuela de música, biblioteca, piscinas, coral, hogar del jubilado, servicios sociales, centro de juventud, ermita, iglesia con torre, torre sin iglesia y el convento franciscano de San Salvador, siglo XVI-XVII, en plena restauración, como una ciudad pequeña, aunque con más singularidad En mi pueblo, el Ebro, raudal majestuoso y paternal crea efectos sonoros en las riberas y custodia leyendas bajo sus aguas. En mi pueblo, largos caminos rodean la nueva huerta, hablando en dura quietud de los campos que quedaron herméticos y en silencio, bajo las máquinas de la transformación. En mi pueblo, la plaza es el alma, la seducción, el regocijo, el distintivo y el sello de identidad. En mi pueblo, la calle es un mundo grande con ventanas y puertas abiertas para el que llega, esperanza de un futuro feliz para todos. En mi pueblo, la arboleda nos preña de aliento, de vigor, de ánimo, de inspiración... Y, los chopos se contonean y se siente en el cuerpo su cálido abrazo. En mi pueblo, el monte se mece en brazos del labriego como un mar; agreste como un mar de tierra. Es un pueblo con los colores del mundo. Un pueblo esparcido. Un pueblo con el corazón en la mirada. Un pueblo amigo. Un pueblo de fragancias inéditas. Un pueblo magnífico y sencillo, divertido y sensible, ocurrente y auténtico: es todo lo que es Pina, mi pueblo. Un pueblo redondo y risueño, sí señor. El Centro de Educación de Adultos: Es una puerta principal. Me tomé la libertad de llamar. Espero que no le importe. Es lo menos que puedo hacer, después de todos los... -Por supuesto que no- contestó-. Se alegraba de que yo hubiera tomado la iniciativa. Cogió una hoja de papel y escribió mi nombre y el número telefónico. Después, sacó un programa de actividades. Te contaré algo. Estoy contenta. De hecho, ya no soy la misma. Simplemente, he encontrado la seguridad en mí misma, la satisfacción de lo mucho que he descubierto. Y lo que es más importante: me siento feliz Mi Aula: Es una fábrica de sueños con un balcón que da a la plaza, el espacio donde se araña al silencio. En el centro de la habitación hay una enorme mesa, hecha de mesas agrupadas más pequeñas, metálicas y verdes. A su alrededor, catorce sillas, también metálicas y también verdes. Y una pizarra verde sobre una de las paredes. Aquí no se obliga a nadie. Que cada uno elija las imaginaciones que quiera. Aquí huele a folio, a sangre azul de bolígrafo, a narración, a poesía, a ilusión. Aquí se palpa a Tolstói, a Dostoyevski, a Flaubert, a Chejov, a Borges, a Hemingway, a Cortázar, a...En cierto modo, estamos y vivimos en otro mundo. Mis Profesores: "Una mirada oportuna, una mano colaboradora, una cabeza sabia y discreta". Carmen y Victoria (Centro de Adultos), Ángela Labordeta, Miriam Reyes, Ismael Grasa, Daniel Gascón, Oscar Sipán, Ramón Acín, Manuel Vilas, Juan Bolea (Taller de Creación Literaria): "Creo en los individuos, en unas pocas personas esparcidas por todos los rincones- sean intelectuales o campesinos-; en ellos está la fuerza, aunque sean pocos" (Chéjov) Nombre Julia Gallego Pérez Sexo Mujer Edad 62 años (sin mentir) Estudios que realiza en el CPEPA Taller de creación Literaria. |