TALLER DE CREACIÓN LITERARIA DE PINA DE EBRO pinaescribe@gmail.com |
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El calor empezaba a ser insoportable y todavía les quedaba la mitad del trayecto. Cuando compraron juntos el Fiat Stilo , hace unos cinco años, ya les advirtió el del concesionario que por unos dos mil más les daba el del aire acondicionado. Ni siquiera dudaron un momento. Nunca llegaron a pensar que el termómetro pasaría de los 40 un mes de julio. María sólo asintió con la cabeza. Desde hacía tiempo sabía que la relación no funcionaba, pero ella seguía tan enamorada como el primer día. Cuando Tomás le propuso ir el fin de semana al pueblecito pesquero, una sensación de nerviosismo esperanzador invadió todo su cuerpo. Se acordaba perfectamente de cuando Tomás la miraba fijamente en aquel parque tan verde y repleto de amapolas del pueblecito mientras intentaba hacer un boceto del paisaje. Hacía rato que sonaba Stravinski en el coche. Los dos eran unos apasionados de la música clásica, sin embargo los acordes ya no eran tema de conversación , sino una forma de inspiración para los pensamientos que continuamente les venían a la cabeza. A María nostálgicos, a Tomás de desesperación. Nunca llegaron a pensar que Stravinski sería la mejor excusa para no tener que hablar. También Tomás pensó que volver al pueblecito sería una buena idea para solucionar la tensión que había entre los dos. Pero no podía dejar de pensar en ella. Se enamoró de Domitila casi sin quererlo, probablemente la misma noche que la conoció. Aquella noche que salió con su amigo del alma, Pablo, a tomar unas copas hasta las tantas y prometió a María que volvería pronto. No volvió tarde, pero ya no buscó a María en la cama. Después de tomar unas copas, Pablo le propuso ir al club de alterne que tanto frecuentaba para ver si veía a la de siempre. Al principio Tomás no quería, pero pensó que la penúltima copa no le sentaría mal, y además, nunca le decía no a su amigo. Esa noche no hubo besos, sin embargo Tomás sentía la necesidad de besarla por todo el cuerpo, de tocarle su larga cabellera rojiza y ondulada, de cuidarla, de decirle que la amaba. La gasolinera estaba a veinte kilómetros. María se encendió un cigarrillo, entonces sus recuerdos ya le estaban ahogando el viaje. Recordó cuando al poco tiempo de conocerse lo invitó a comer a su casa, en la ciudad. Estaba tan nerviosa que se había olvidado ese día de hacer la compra y no tenía nada en la nevera, excepto un par de huevos y tomate frito de bote. Nunca se le dio mal improvisar en la cocina, así que echó mano de su dote y empezó a preparar arroz a la cubana. Ese día se le quemó el arroz, pero no les importó a ninguno de los dos. Hicieron el amor hasta quedarse dormidos. Tomás nunca llegó a pensar que podría enamorarse de otra. Cuando conoció a María creyó que era la mujer ideal para él, divertida, guapa y con aquel misterio bohémico que tanto le encantaba de las mujeres. Sin embargo, volvió al día siguiente al club. Pero esa vez se besaron como nunca, y se saltaron las normas de las rameras a la torera. Llegaron ya a la gasolinera. Tomás se pidió un helado de chocolate, María un cortado con hielo. Les quedaba todavía dos horas de viaje. María siempre disfrutaba cuando iban al pueblo. Mientras Tomás leía el periódico, ella pintaba algún cuadro en aquel parque tan verde y lleno de amapolas. Hacía tiempo que Tomás quería contarle a María que se había enamorado de otra mujer y que quería pasar el resto de su vida con ella. Tenía largas conversaciones con su amigo Pablo en el café de al lado del estudio. Cuando entraron en la casita del pueblo, ya eran las once y el silencio invadía la atmósfera. Dejaron las bolsas encima de la mesa y Tomás sacó una manta de cuadros del armario de tinte envejecido del salón. La expandió por el sofá y se tumbó en él. Les quedaba un largo fin de semana por delante. |